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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Coquito, el puesto de panchos de San Isidro que sobrevive al paso del tiempo con la misma receta desde 1955

En General Belgrano 92, a metros de la estación de San Isidro, un local de apenas veinte metros cuadrados y cuatro banquetas sostiene una propuesta simple: panchos medianos, aderezos varios y licuado de banana. La historia de dos familias que llevan cuatro generaciones al frente del negocio.

Por Jorge SorianoTurismo · · hace 26 d
Coquito, el puesto de panchos de San Isidro que sobrevive al paso del tiempo con la misma receta desde 1955

Les cuento una de esas historias que a mí, cada vez que las conozco, me reconcilian con la ciudad: en pleno centro de San Isidro, a una cuadra de la estación del tren, sobrevive un puesto de panchos que abrió sus puertas en 1955 y sigue atendido por las mismas familias que lo fundaron. Se llama Coquito, está en General Manuel Belgrano 92 y es uno de esos lugares a los que conviene llegar con el reloj flexible, porque el espacio es chico y la fila suele moverse con ritmo de barrio.

La propuesta es bien al paso y bien de antaño. Cada pancho mediano cuesta $5.000 y se sirve con una salchicha estilo alemán, con piel, que elaboran especialmente para el local y llega pasteurizada, así que antes de armar el pedido la pasan unos minutos por calor. El pan lo hace una panadería de Acassuso, con una receta y un tamaño pensados a pedido de los dueños, y antes de usarlo lo calientan a baño maría para que tome vapor y quede húmedo. Una atención al detalle que, a esta altura, ya es parte del sello de la casa.

La carta, los aderezos y una ausencia llamativa

Sobre la barra esperan los aderezos clásicos: mostaza, mayonesa, kétchup y salsa golf. Con el tiempo se sumaron mostaza con miel, alioli y sriracha, que ampliaron el abanico sin cambiar la identidad del lugar. También se puede pedir un licuado de banana, un clásico de la casa que muchos clientes eligen como compañía inseparable del pancho.

Lo que no hay, y conviene saberlo antes de ir, son papas fritas. Ni como acompañamiento ni para coronar la salchicha. La carta es corta a propósito: pancho, aderezo y bebida. Quien busque un combo más completo tendrá que buscarlo en otra esquina.

Cómo es el espacio y cuándo conviene pasar

El local ocupa apenas veinte metros cuadrados y tiene cuatro banquetas. El resto se resuelve de pie: junto al mostrador o en la barra que está enfrente, pensanda justo para eso, para comer parado mientras se mira pasar la calle. Yo lo veo como parte del encanto, aunque también como una buena razón para ir con el estómago listo y sin apuro por sentarse.

Los horarios son amplios: de lunes a sábado, de 8 a 20.15; domingos, de 10 a 18.30. Los sábados la cuadra se vuelve peatonal y la actividad se nota: salen más de mil panchos por jornada. Y si hablamos de picos, Javier Rubini, uno de los dueños, cuenta que el 23 y el 24 de diciembre la cifra puede trepar hasta los 1.700. Para pedidos grandes, él mismo prefiere entregarlos por tandas, para que ninguno llegue frío. Detalles que, a mí, me dicen mucho de cómo se trabaja acá adentro.

La historia y la decisión de no crecer

Todo empezó en 1955, cuando Gustavo Grandinetti y Atilio Rubini se asociaron y armaron el puesto. Hoy, cuatro generaciones después, las dos familias siguen al frente. Javier atiende junto con su hermano Adrián, y ambos coinciden en lo mismo: tuvieron chances de sumar el local de al lado y ganar espacio, pero eligieron conservar las dimensiones originales. Es una forma de decirles a los clientes, sin palabras, que acá no se viene a sentarse a una mesa, sino a hacer una pausa breve y volver a la calle.

Entre quienes se acercan hay vecinos que vuelven desde su infancia y visitantes del sur y del oeste del conurbano que conocieron la propuesta por las redes sociales. Esa mezcla, a mi entender, resume bastante bien lo que pasa con los lugares que sobreviven varias décadas: empiezan siendo un secreto barrial y terminan siendo un secreto compartido.

Mi consejo, si se animan a ir, es que tengan el estómago bien puesto antes de llegar: con cuatro banquetas y un ritmo así, lo más probable es que terminen comiendo de pie. Y la mejor hora del día para la foto es la primera hora de la mañana, cuando la luz entra limpia por la cuadra todavía sin mucha gente y la barra se luce vacía, lista para empezar otra jornada.

JS

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