Villa Ortúzar, el barrio porteño que se reinventa a fuego lento y con veredas anchas
Un grupo de cocineros y pasteleros eligió el barrio por los alquileres más bajos y los metros extra. La apuesta es que la gente vaya a propósito, no de paso. Cuatro propuestas que ya están funcionando.
Les confieso algo: cuando me contaron que en Villa Ortúzar estaban abriendo restaurantes, lo primero que pensé fue en el apunamiento. Porque a mí, que vengo recorriendo Buenos Aires hace años, ese barrio siempre me sonó a casas bajas, talleres mecánicos y un tren que pasa de vez en cuando. Pero resulta que esa tranquilidad que yo asociaba con el aburrimiento es exactamente lo que varios emprendedores gastronómicos están buscando, y les está funcionando.
Villa Ortúzar no es un barrio al que uno vaya caminando con hambre y se detenga porque algo le llamó la atención desde la vereda. Acá la gente llega a propósito. Y eso, que a primera vista parece una desventaja, termina siendo parte del modelo de negocio de quienes se instalaron en los últimos años.
La ecuación que los atrajo: alquileres más baratos y locales más grandes
La ecuación que los atrajo: alquileres más baratos y locales más grandes
Los números son concretos y los escuché de varios de los protagonistas. Los alquileres en Villa Ortúzar están entre un 15 y un 20 por ciento por debajo de lo que se paga en Chacarita o en Núñez, dos zonas donde la gastronomía ya está consolidada y donde cada metro cuadrado se pelea a precio de oro. Esa diferencia no queda en el bolsillo del dueño: se traduce en metros extra para la cocina, para el depósito o para poner mesas en la vereda, que acá son anchas de verdad y bancan hasta un día de sol.
Lo que me comentaron los que se animaron es que el estacionamiento tampoco es un problema. Quien va a comer o a merendar a Villa Ortúzar generalmente llega en auto y encuentra lugar sin dar vueltas. Eso, en una ciudad donde dejar el coche en Palermo o en Belgrano es casi una hazaña, pesa mucho.
Cuatro propuestas que ya cambiaron la cara del barrio
Cuatro propuestas que ya cambiaron la cara del barrio
- Un asador de corte clásico, con el ritual del fuego y la carne como en cualquier buen restaurante porteño, pero con la sala holgada que en otros barrios sería impagable.
- Una pastelería montada dentro de un galpón que antes era depósito de materiales. Abrió en 2023 y se llenó de gente que va a trabajar o a tener reuniones. Las mesas están bien separadas y la gente se queda. Lo curioso es que vende más desayunos largos que pastelería para llevar, y el ticket promedio le termina dando mejor resultado que el local del mismo proyecto que tienen en otro barrio.
- Una confitería tradicional, con esa estética que a mí, que tengo más de cuarenta, me transporta a las meriendas de la infancia: medialunas, tostados, tortas y café en taza ancha.
- Un restaurante con manteles largos y velas en la mesa, de esos que uno elige para una cena importante o para celebrar algo, y que en Villa Ortúzar encontraron lugar para poner mesas al aire libre sin chocar con el vecino de al lado.
A estos cuatro se suman clásicos que llevan décadas y que ya tenían su clientela armada antes de que nadie hablara del barrio como destino gastronómico: una pizzería donde la cola en la vereda es por la fugazzeta rellena, una parrilla que atiende las 24 horas, una cervecería abierta desde 1943 con picadas y milanesas generosas, y un bar notable que funciona desde 1930. Esos lugares son los que bancaron la bandera durante años y los que le enseñaron al barrio que la gente vuelve cuando el producto es bueno.
Por qué funciona, aunque a primera vista no debería
Por qué funciona, aunque a primera vista no debería
Acá va mi lectura, y la digo con honestidad: el boca a boca y las redes hicieron el trabajo que en otros barrios hace el transeúnte casual. Cada apertura nueva le da una razón más a alguien para tomarse el colectivo o el subte hasta Villa Ortúzar, y cuando llega, se encuentra con que puede estacionar, sentarse tranquilo y comer sin apuro. La próxima vez vuelve. Y le cuenta a un amigo. Así se arma un círculo virtuoso que a mí, como periodista, me parece de manual.
Otro dato que me parece relevante y que no quiero dejar afuera: según el Censo 2022, la Comuna 12, que incluye a Villa Urquiza, Saavedra, Coghlan y Villa Pueyrredón, fue la que más creció en población entre 2010 y 2022. Hay más vecinos, hay más demanda, y la oferta gastronómica nueva está llegando justo cuando ese caudal de gente empieza a buscar dónde comer cerca de su casa.
Mi consejo para el apunamiento es el de siempre: vayan con tiempo, sin la agenda apretada, y déjense llevar. Si entran a la pastelería del galpón, pidan el desayuno largo y quédense una hora, que las mesas están puestas para eso. Si van al restaurante con velas, reserven y lleguen sin apuro. Y si terminan en la pizzería de la fugazzeta, armen paciencia para la cola, que vale cada minuto.
Y ya que estamos, les dejo la mejor hora del día para la foto: si van a la confitería, pegunten un ventanal a la tarde, cuando la luz entra baja y dorada, que a esa hora el barrio se ve de otra manera y las medialunas parecen más grandes. Si van al asador, la foto ideal es al atardecer, con el fuego de la parrilla de fondo y un vaso de vino en primer plano. Y si están en la pastelería del galpón, madruguen: a las nueve de la mañana la luz que entra por el techo del depósito viejo es de las cosas más lindas que vi en mucho tiempo. Ahí me cuentan.
