Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Turismo ›
Turismo /

Venecia, el templo del helado que Devoto abrazó como propio: seis décadas de una historia familiar que sigue servida en cophermoso

En Avenida San Martín 6877, los hermanos Analía y Adrián Santa María mantienen vivo un clásico barrial que nació en 1966 de la mano de su padre. Espumón de chocolate, sambayón y café con tortas caseras, en un rincón donde todavía se duerme al ritmo de las máquinas.

Por Jorge SorianoTurismo · · hace 9 d
Venecia, el templo del helado que Devoto abrazó como propio: seis décadas de una historia familiar que sigue servida en cophermoso

Les cuento una historia que a mí, como buen amante de los paseos barriales, me llena el alma. En pleno corazón de Villa Devoto, sobre la Avenida San Martín al 6877, sigue de pie una heladería que este año cumplió nada menos que sesenta años: Venecia. Pocas veces uno se topa con un comercio que haya visto pasar tantas camadas de vecinos sin perder la esencia, y esta esquina es una de esas joyitas que vale la pena conocer (o volver a visitar).

El local abre todos los días, de 9 a 0.30, y el kilo de helado se consigue a 25.000 pesos. Pero más allá de los números, lo que seduce es la propuesta: helados artesanales fabricados a diario, café de siempre y unas tortas caseras que llevan la firma de Analía Santa María, quien estudió pastelería y se encarga de endulzarnos la tarde junto a su hermano Adrián.

Una carta que viaja entre la mousse y el recuerdo

Yo les recomiendo, si van por primera vez, que se larguen sin miedo a pedir el espumón de chocolate. Es una especialidad de la casa: una especie de mousse livianita, casi etérea, que se deshace en la boca y deja ese gusto profundo a cacao que a los argentinos nos vuelve locos. En la carta también brillan la crema rusa y los bautizados "venecianos", que vienen en tres versiones: chocolate, dulce de leche y crema de vainilla con nuez caramelizada. A la hora de los, los dos sabores que la gente no deja de pedir son el dulce de leche granizado y el sambayón, clásicos de manual.

Para quienes cuidan el azúcar, hay además cinco o seis opciones sin azúcar, y con el paso de los años se fueron sumando apuestas golosas, como el chocolate Dubai, que tan de moda se puso últimamente. Eso sí: Analía me confirmó que los gustos de siempre, esos que nos criaron, siguen siendo los reyes del mostrador.

Una historia que empezó con dos socios y un sueño

Lo lindo de Venecia es que no nació como un negocio familiar al uso, sino que se fue volviendo familia con el tiempo. En la primavera de 1966, dos socios llamados Eduardo Bernal y Eduardo Arzac abrieron las puertas. Entre los empleados estaba Rubén Enrique Santa María, el padre de Analía y Adrián, quien con el tiempo terminó comprando el local en cuotas mensuales cuando los fundadores se separaron. Desde entonces, lo sostuvo junto a su esposa, Beatriz Ofelia Fernández, más conocida en el barrio como Betty.

La vida de los Santa María, en los primeros años, transcurría adentro mismo del local. Dormían en una habitación del fondo, muy cerquita de los motores de las máquinas de helado. Cuando Rubén se enfermó, Adrián, que tenía unos 17 o 18 años, se puso al hombro la producción. Tras la partida de ambos padres, él y Analía continuaron al frente sin bajar la persiana ni un solo día. Hoy ya se suma Gianluca, el nieto, dando así continuidad a la tercera generación.

En septiembre, la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (AFADHYA) les entregó un reconocimiento por las seis décadas de trayectoria, y la familia además abrió una sucursal cerca de la plaza de Devoto, para que ningún vecino se quede con ganas de darse el gusto.

Mi consejo para que no se te apunen

Atenti los que suelen sentirse apunados con los sabores fuertes: arranquen siempre por un clásico, como el dulce de leche granizado, y dejen el chocolate Dubai o el espumón para el final, en una segunda o tercera cucharada. Y si van con chicos o con alguien que no come azúcar, pidan primero las opciones sin azúcar para que el paladar no se acostumbre al exceso y puedan disfrutar el contraste.

Adrián me contaba con una sonrisa que al local ahora llegan los nietos de los primeros clientes, y que muchas familias mantienen la sana costumbre de acercarse después de comer por el barrio para cerrar la jornada con un café y un cucurucho. Eso, amigos míos, ya no es solo un comercio: es patrimonio barrial.

Y antes de que me olvide, la mejor hora del día para sacarse la foto: bien entrada la tardecita, cuando la luz dorada empieza a caer sobre la Avenida San Martín, prenden las luces cálidas del mostrador y los colores de los helados en las vitrinas se vuelven una verdadera pintura. Confíen en mí: a esa hora, la foto les va a quedar para enmarcar.

JS

Te puede interesar