Una psicóloga británica impulsa sumar la evaluación nutricional al abordaje de la salud mental
La especialista Kimberley Wilson sostiene que la fatiga persistente, la apatía y el bajo estado de ánimo justifican una revisión que contemple alimentación, descanso y movimiento, además de la psicoterapia y la medicación cuando corresponden. Advierte que una carencia no define por sí sola un trastorno mental.
La psicóloga Kimberley Wilson propuso incorporar la evaluación nutricional al cuidado de la salud mental, al considerar que la fatiga persistente, la apatía y el ánimo bajo requieren una mirada que contemple posibles carencias alimentarias, según el material de base difundido por la propia especialista. La iniciativa articula alimentación, descanso y movimiento con psicoterapia y medicamentos, de acuerdo con las necesidades de cada paciente, y aclara que una deficiencia aislada no explica por sí sola la aparición de un trastorno mental, mientras que los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse.
Una mirada integral sobre los síntomas emocionales
La fatiga que se prolonga en el tiempo, las dificultades para concentrarse o el desánimo pueden motivar una consulta en la que también se revise cómo se alimenta y cómo descansa una persona, de acuerdo con la propuesta de la especialista. En ese sentido, Wilson plantea que la evaluación de los síntomas emocionales debe incluir preguntas sobre la dieta y el reposo, además de los antecedentes personales y las situaciones que generan estrés, con el propósito de identificar qué factores intervienen en cada caso y orientar las intervenciones más adecuadas.
Desde su perspectiva, una persona con experiencias traumáticas puede requerir un tratamiento centrado en terapia especializada, en tanto que alguien con anemia (disminución de glóbulos rojos o de hemoglobina en sangre) o con una alimentación muy restrictiva podría experimentar una mejoría parcial de sus síntomas al corregir una carencia concreta. En todos los escenarios, la psicoterapia y los medicamentos continúan formando parte del abordaje cuando resultan necesarios, sin sustituirse por los cambios en la alimentación.
Nutrientes clave para el funcionamiento cerebral
La especialista menciona las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los ácidos grasos omega-3 entre los nutrientes (sustancias presentes en los alimentos que el organismo necesita para funcionar) relevantes para el funcionamiento cerebral, según el parte oficial. Aclara que la insuficiencia de cualquiera de estos compuestos no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores asociados al cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo, motivo por el cual sugiere investigar posibles déficits ante la persistencia de los síntomas.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, recomendados al menos una vez por semana por su aporte de omega-3.
- Vitamina B3, presente en carnes, legumbres y cereales integrales, implicateda en el metabolismo energético y la función nerviosa.
- Vitamina B12, abundante en productos de origen animal y susceptible de suplementación en dietas vegetarianas o veganas bajo supervisión profesional.
- Zinc, presente en carnes rojas, semillas y frutos secos, asociado a la regulación del ánimo y la respuesta inmune.
- Selenio, presente en Brasil, huevos y pescado, con funciones antioxidantes vinculadas al sistema nervioso.
El recorrido profesional detrás de la propuesta
El interés de Wilson por la relación entre alimentación y salud mental se consolidó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde constató dificultades de regulación emocional (manejo de las propias emociones frente a distintos estímulos) asociadas con carencias nutricionales, según reconstruyó la propia especialista. También citó ensayos clínicos aleatorizados (estudios en los que los participantes se asignan al azar a distintos grupos de intervención) en establecimientos carcelarios que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de episodios violentos, aunque aclaró que esa asociación no permite explicar la totalidad de la conducta de una persona a partir de su dieta.
La revisión que impulsa la psicóloga contempla, además, el sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral como variables que inciden en el cuadro clínico. Los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento, señaló, recién se perciben después de varias semanas de sostener los nuevos hábitos, por lo que insistió en la necesidad de un acompañamiento profesional continuo. En la Argentina, quienes experimenten fatiga persistente, cambios de ánimo o dificultades de concentración pueden consultar en centros de salud públicos y en hospitales con servicio de salud mental, en general de lunes a viernes de 8 a 18, y recurrir a guardias psiquiátricas fuera de ese horario para una atención inmediata.
