Una negativa que terminó costando muy caro: la cooperativa no pudo demostrar que no tenía tareas livianas
Después de más de una década armando cajones de fruta en el Alto Valle, un embalador se lesionó el hombro y la empresa le dijo que no había lugar para reubicarlo. La Justicia neuquina revisó esa respuesta letra por letra, encontró que había testigos que contaban otra cosa y terminó condenando a la cooperativa a pagar una indemnización que ella quiso evitar durante cuatro años de pelea.
Lo que me contaba R., del paraje Allen mientras esperábamos que cargaran el camión en el galpón, no era distinto a lo que terminó acreditándose en el expediente: acá, cuando un embalador se lastima el hombro, la respuesta de la cooperativa suele ser la misma. Una carta documento que llega prolija, firma mediante, con la misma respuesta, no adentro: que no hay puesto disponible. Y al trabajador no le queda otra que agarrar ese papel y empezar a pensar qué hace con la factura mientras él se defiende.
Diez años embalando fruta, un hombro que dijo basta
El protagonista de esta historia entró en enero de 2011 a una cooperativa neuquina como personal de primera, categoría del empalador de fruta, esa persona que arma y carga las cajas que después van a recorrer el país. En más de una década no acumuló una sola sanción disciplinaria. Su rutina era la de cualquiera en el galpón de empaque: levantar, acomodar, sellar, repetir. Hasta que en agosto de 2021 el hombro derecho dijo basta mientras estaba en pleno turno.
La ART se hizo cargo del tratamiento durante ocho meses. En abril de 2022 le dieron el alta, pero con una condición que cambiaba todo: podía volver, sí, pero nada de levantar cajas de peras o manzanas. Con ese documento en la mano, el operario mandó un telegrama pidiendo la reincorporación. La cooperativa respondió reconociendo la restricción médica, pero diciendo, en criollo, que no tenía dónde ubicarlo.
La pelea por carta documento y el despido que vino después
El trabajador insistió por escrito. Hasta le marcó a la empresa en qué sectores del galpón podía desempeñarse sin levantar nada pesado. La respuesta volvió a ser la misma: no había lugar. Ante esa pared, se consideró despedido de manera indirecta, que es la figura que usa el empleado cuando entiende que la patronal no le dejó otra salida que la calle.
Lo que declararon los compañeros en el juicio
- Sellado de etiquetas en la línea de desarrollo de la producción.
- Fichado con engrudo de las cajas ya armadas.
- Colgado en el sector conocido como "el aéreo", una de las tareas más codiciadas por quienes no podían hacer fuerza.
- Varios testigos coincidieron en que, cada vez que alguien se lastimaba o quedaba con restricciones, la cooperativa lo reubicaba en alguna de esas funciones.
- Uno de los compañeros señaló que al menos cuatro embaladores habían sido pasados a otros sectores en situaciones parecidas a la del reclamante.
La condena del magistrado y lo que dijo la Cámara
El juez Luis Trani, del Juzgado Laboral N°3 de Neuquén, tomó esos relatos como coherentes, ordenados y concordantes, y concluyó que la cooperativa tenía posibilidades concretas de reubicar al trabajador y eligió no hacerlo. Además recordó un principio central en este tipo de pleitos: cuando una empresa dice que no tiene puesto para alguien que tiene restricciones de salud, es la empresa la que tiene que demostrarlo. La cooperativa no pudo.
La Cámara de Apelaciones confirmó el fallo. El monto de condena quedó en 676.751 pesos más intereses calculados desde 2022, muy por debajo de los más de 4.000.000 que había reclamado la parte actora, aunque la discusión de fondo, la que a mí me parece más importante en este cruce, es otra: durante todo este tiempo, lo que la comunidad del galpón pidió fue que se cumpliera lo que la propia cooperativa ya sabía hacer cuando quería: reubicar a un compañero lastimado en una tarea liviana, en vez de mandarlo a la calle con un papel bajo el brazo. La decisión judicial, a cuatro años del telegrama, le terminó dando la razón al operario y le marcó la pulseada a la empresa.
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