Marcel, la concha con zapatos: cuando la búsqueda de una familia se convierte en fenómeno de la pantalla
La película de Dean Fleischer Camp combina stop-motion y falso documental para contar la historia de una pequeña concha que vive con su abuela y sale al mundo para encontrar a los suyos, con la ayuda inesperada de un documentalista y de la difusión de las imágenes que registra su vida cotidiana.
Dicen que no hay nada más viejo que un caracol sin casa, pero también se dice que a quien tiene ganas de volver, el camino se le abre. Con esa copla en la cabeza me senté a ver la película de la que todo el mundo habla, esa donde el protagonista es una concha con zapatos que vive con su abuela, y la verdad es que terminé con los ojos húmedos y una sensación rara en el pecho, esa que queda cuando uno termina de ver algo que le habla a uno sin pedirle permiso. Le cuento de qué se trata, porque la cosa bien lo merece.
El material que llegó a la redacción cuenta que se trata de un filme dirigido por Dean Fleischer Camp, que combina animación en stop-motion con el formato de falso documental, y que tiene su origen en cortometrajes que el propio director creó junto a la actriz Jenny Slate. La historia sigue a Marcel, una pequeña concha que convive con su abuela Connie y que, sin saber dónde quedó el resto de su comunidad, ve cómo la llegada de un documentalista a la casa y la difusión de sus grabaciones en internet abren una puerta inesperada para encontrar a los suyos.
Una búsqueda familiar filmada desde adentro
Para Marcel, la ausencia de las otras conchas no es un dato, sino una especie de hueco que atraviesa cada jornada. La película elige explicar ese sentimiento antes que adornarlo con imágenes vistosas, y por eso instala la cámara en la rutina de la casa: las tareas chicas, los diálogos breves, los silencios compartidos con la abuela. Cuando aparece Dean, el documentalista, primero se trata nada más que de registrar lo cotidiano, pero esas grabaciones terminan circulando y se vuelven populares, y entonces lo que empezó como un registro íntimo se transforma en la posibilidad de ampliar la búsqueda más allá del lugar donde siempre vivió Marcel.
Lo que más me llamó la atención, y se lo subrayo porque vale la pena, es la escala que elige la película. Para una concha de ese tamaño, una habitación común y corriente se vuelve un espacio enorme, y cosas tan simples como preparar algo para comer o atender el jardín se transforman en pequeños problemas que hay que resolver con ingenio. Los objetos de uso diario, esos que uno mira sin pensar, terminan formando parte del mundo del protagonista y de las soluciones que encuentra para arreglárselas, y ahí aparece un costado de la historia que funciona como una invitación a mirar de nuevo lo que tenemos a mano.
Abuela, nieto y el paso del tiempo
El vínculo entre Marcel y la abuela Connie ocupa el corazón del relato. Ambos comparten una rutina atravesada por la ausencia de las otras conchas, y al mismo tiempo Marcel conserva el impulso de seguir adelante, de no quedarse quieto. Esa relación introduce sin forzarlos temas delicados como el envejecimiento, el cuidado cotidiano y el temor a perder a un ser querido, asuntos que el material de base destaca como parte del universo de la película y que a mí, particularmente, me dejaron pensando en lo que significa acompañar a alguien en la casa sin hacer ruido.
La pregunta que deja la película
El humor aparece como compañía, sin desplazar la búsqueda familiar que organiza la historia. La película conecta las tareas más pequeñas de la casa con asuntos mucho más grandes, como la soledad y la necesidad de compañía, y deja picando una pregunta que vale la pena llevarse a casa: qué lugar tienen los vínculos cotidianos, esos que casi no se ven, en las historias animadas que uno recuerda después de muchos años. A mí, que llevo varias décadas mirando cine y todavía me sigo emocionando como si fuera la primera, la respuesta me salió sola mientras caminaba de vuelta a la redacción: un lugar enorme, muchísimo más grande de lo que aparentan.
