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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el oído se vuelve ganzúa: la nueva película del director de Navalny pone a un afinador de pianos en el centro de un thriller de atracos

Daniel Roher cambia el documental político por la ficción y presenta a Niki, un joven con hiperacusia que afina pianos de día y abre cajas fuertes de noche. Leo Woodall y Dustin Hoffman encabezan un reparto que sostiene una propuesta sólida, sin pretensiones de revolucionar nada.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 34 d
Cuando el oído se vuelve ganzúa: la nueva película del director de Navalny pone a un afinador de pianos en el centro de un thriller de atracos

Quien afina el oído ajeno termina afinando también su propio destino, dice un refrán que los guitarreros del Río de la Plata repiten cuando hablan de esos artesanos que conocen cada vibración de la madera. Algo de ese oficio silencioso atraviesa Un talento único, la película que Daniel Roher, el canadiense que se llevó el Óscar con el documental Navalny, acaba de estrenar en streaming y que propone una premisa llamativa: un joven afinador de pianos con hiperacusia, es decir, con una sensibilidad auditiva fuera de lo común, trabaja durante el día en casas de familias adineradas y en conservatorios, y por la noche usa esa misma capacidad para participar en operaciones clandestinas donde las cajas fuertes son lo único que se interpone entre él y un botín.

Antes de detenerme en la propuesta quiero explicar de qué va la ceremonia que propone Roher, porque a primera vista parece un thriller de robos más, y vale la pena entender por qué no lo es del todo. La gracia de la película está en invertir la lógica habitual del género: lo que en otros films es un truco ingenioso o un dispositivo técnico, acá es literalmente un oído entrenado. Niki percibe frecuencias, tensiones y vibraciones que a cualquier otro personaje se le pasarían por alto, y esa hiperacusia termina siendo la herramienta clave para forzar mecanismos sin violencia y sin dejar marcas. Roher, que se formó en el documental, mantiene ese ojo para el detalle y lo traslada al interior del piano: la cámara se mete entre cuerdas, martillos y clavijas, y el sonido, más que acompañar la imagen, parece empujarla.

Un director con oficio y dos actores que dan peso

Leo Woodall carga con el protagonismo con la solidez que había mostrado en otras producciones recientes y compone a un personaje contenido, alguien que observa más de lo que habla y que usa su habilidad casi con la misma naturalidad con la que respira. A su lado, Dustin Hoffman se reserva un papel pequeño pero decisivo: el del afinador veterano que conoce los secretos del oficio y que funciona como una especie de maestro involuntario dentro de la trama. Es el tipo de presencia que, sin robar cámara, le da a la película una gravedad que de otro modo no tendría.

El propio Roher lo explica sin grandilocuencia: cuando uno viene del documental, aprende a confiar en que los detalles hacen el trabajo. Esa filosofía se nota en el ritmo: la historia avanza sin apurarse ni estirarse de más, sabe cuándo detenerse en una mirada, en un gesto manual, en el clic de una cerradura, y cuándo cortar hacia la siguiente escena.

La película no pretende reinventar el género ni convertirse en una obra de culto: asume su formato, lo ejecuta con limpieza y le saca el mayor jugo posible a una idea llamativa. Para quien busque una historia de intriga sin exigencias excesivas, encuentra aquí una opción correcta, sin fisuras graves de principio a fin. Lo que más me quedó, en lo personal, es la sensación de que Roher tomó un oficio casi invisible, el del afinador, y lo convirtió en el corazón de una película que, sin proponérselo, reivindica esa paciencia artesanal que muchas veces queda fuera de cuadro.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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