Entre paredes de mansión y enredos de alcurnia: así se arma "Fackham Hall", la comedia que le toma el pelo a los dramas de época
La película británica "Un muerto a la hora del té" cruza romances cruzados, una investigación al mejor estilo Poirot y las rigideces de la aristocracia para convertirlas en material de humor. Repasamos su propuesta antes de su llegada a la pantalla.
Dicen que donde hay aristocracia hay drama, y donde hay drama, en estos pagos del cine británico, siempre aparece un mayordomo con cara larga y una taza de té a punto de servir. Eso mismo parece haber pensado el equipo detrás de "Un muerto a la hora del té", una comedia que toma las vestiduras solemnes de los dramas de época como Downton Abbey y les mete el dedo en la costuras hasta dejarlas haciendo ruido. La película, cuyo título original es "Fackham Hall", se presentó como una sátira de las costumbres de la nobleza inglesa, con romances cruzados, un crimen sin resolver y un detective que se pinta la cara de Hércules Poirot para sobrevivir al ridículo.
Una boda que no fue y todo se desmadró
Antes que la carcasa vistosa, conviene entender el motor de la historia, que es bien de manual aristocrático: una familia, los Davenport, que ve en los casamientos una herramienta para ordenar la herencia y el apellido. Todo iba más o menos aceitado hasta que una boda se cae a último momento, y ahí se desatan los planes, los rencores y los amores mal puestos. Esa boda frustrada es la piedra que mueve la máquina del relato: cuando se rompe el arreglo que la familia había calculado, las expectativas se reacomodan y aparece la puerta abierta para que el servicio, los secretos y los sentimientos se mezclen con el té de las cinco.
El enredo arranca con Poppy Davenport, interpretada por Emma Laird, que estaba a punto de casarse con su primo Archibald, al que da vida Tom Felton. El problema, claro, es el de siempre en estas historias: Poppy ama a otro hombre, alguien de una posición social más baja. Cuando el casamiento se cae, la atención de la familia se corre hacia su hermana menor, Rose, a quien interpreta Thomasin McKenzie. Y Rose también tiene su propio quilombo sentimental, porque se enamora de Eric Noone, un carterista encarnado por Ben Radcliffe que llega a la mansión para entregar una carta y termina quedándose con un puesto en el servicio, ya que el mensaje nunca llegó a destino.
- Poppy Davenport (Emma Laird): la hermana mayor comprometida con su propio primo, Archibald (Tom Felton), que ama a alguien de otro nivel social.
- Rose Davenport (Thomasin McKenzie): la hermana menor que hereda la presión familiar y se enamora de un carterista.
- Eric Noone (Ben Radcliffe): el carterista que llega a la mansión, no entrega la carta, y termina trabajando para la familia.
- El detective Watt (Tom Goodman-Hill): exagera los gestos de Hércules Poirot mientras investiga lo que pasó en la casa.
Poirot con bigote prestado y un muerto a la hora del té
Como toda buena comedia que se precie, la propuesta se toma en serio la solemnidad de sus escenarios para poder reírse mejor. La ambientación mantiene la estética de los dramas históricos, con pasillos largos, vajilla fina y uniformes impecables, pero los chistes se encargan de hacer saltar esa solemnidad por los aires. La dirección está a cargo de Jim O'Hanlon, que ya había adaptado "Emma" en 2009, y entre los guionistas aparece el humorista Jimmy Carr, lo que ayuda a entender el pulso de la película: un humor que combina juegos de palabras con comedia física, del tipo que va de la mueca al doble sentido sin pedir permiso.
Dentro de ese clima aparece el detective Watt, interpretado por Tom Goodman-Hill, que se planta en la mansión con aire de Hércules Poirot repegado a la estética de Agatha Christie, pero pasado por el filtro de la exageración. Su investigación convive con los romances y con las reglas no escritas de la convivencia entre patrones y empleados, y desde ahí la película arma buena parte de sus situaciones cómicas. Entre los blancos de la parodia están justamente los casamientos entre parientes y la obsesión de la aristocracia por mantener el patrimonio dentro del mismo árbol genealógico, algo que la película señala con la sonrisa torcida del que conoce el truco.
En definitiva, "Un muerto a la hora del té" propone mirar el mundo de las grandes mansiones inglesas con una lupa irónica, donde el estricto cumplimiento de las formas y los acuerdos matrimoniales termina siendo tan risible como los propios personajes. Es una comedia de 97 minutos que se permite el lujo de juntar a un equipo creativo con experiencia tanto en adaptaciones literarias como en stand up, y que confía en que el público entienda la referencia para poder reírse con ella. Si uno se deja llevar por el tono, termina entendiendo que la solemnidad, cuando se la mira de cerca, muchas veces no es más que una forma elegante de disimular los mismos líos de siempre.
A mí, comoCronista, lo que más me interesa destacar es que detrás de las galas y los jardines prolijos, la película pone el foco en algo muy humano: las familias que negocian afectos como si fueran contratos, y los criados que, desde abajo, terminan moviendo los hilos. Eso, contado con humor y sin solemnidad, es lo que vuelve a "Fackham Hall" una propuesta querible para quienes gustan de las historias de época, pero también para los que se cansaron de tomárselas demasiado en serio.
