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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Una noche en la estepa: cuando el crimen se mide por el cansancio y no por el grito

La película turca que eligen los que ya se cansaron de los thrillers que gritan: Nuri Bilge Ceylan convierte la búsqueda de un cadáver en una larga sobremesa sobre la condición humana, y se puede ver por streaming.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 42 d
Una noche en la estepa: cuando el crimen se mide por el cansancio y no por el grito

Dicen los viejos del pueblo que no hay peor cansancio que el que no se puede dormir, y a esa clase de agotamiento me hizo acordar Érase una vez en Anatolia, la película de Nuri Bilge Ceylan que estos días vuelve a circular por las plataformas y que bien vale una noche entera frente al televisor, con el control lejos y el mate cebado al lado, porque no es un filme para mirar de reojo mientras suena el teléfono.

La idea de arranque es casi una broma de esas que se cuentan en la cocina de una comisaría de frontera: un fiscal, un médico forense y un puñado de policías salen de noche con el asesino y su cómplice a buscar un cuerpo enterrado en algún punto de las estepas del interior de Turquía, con el agravante de que los dos sospechosos estaban tan borrachos aquella noche que no recuerdan dónde cavaron la fosa, y entonces lo que sigue es una caminata larga, polvorienta, con las linternas gastadas y los ánimos por el piso, bajo un cielo que parece más grande que en cualquier otro lugar del mundo.

Una trama mínima, una noche eterna

Lo que distingue a Ceylan, que es uno de los directores centrales del cine turco contemporáneo y que ya se llevó el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes con esta película, es que no le interesa el suspenso clásico, ese del giro de guion y el susto calculado, sino algo más parecido a lo que se siente en una guardia de hospital a las cuatro de la mañana, cuando ya nadie tiene energía para fingir que está entero y las conversaciones se vuelven extrañamente confesionales, como si la oscuridad del campo les fuera aflojando la lengua a todos por igual.

Durante casi dos horas y media, la película avanza al ritmo de una procesión más que de una persecución, con los faros del auto abriendo y cerrando caminos de tierra, con los hombres contando historias que parecen intrascendentes y que sin embargo van dejando ver las grietas de cada uno, desde el policía que ya vio demasiado hasta el sospechoso que empieza a comprender el peso de lo que hizo, pasando por ese médico forense que observa todo con la distancia helada de quien sabe que la muerte no respeta horarios.

  • El ritmo es deliberadamente lento: Ceylan prefiere detenerse en una pausa, en una luz lejana, en el cansancio de una cara, antes que acelerar hacia un clímax.
  • La estepa turca funciona como un estado de ánimo: no es decorado, es casi un personaje más, con su silencio y su oscuridad que pesan sobre todos.
  • La tensión no nace de los plot twists sino de la acumulación de humanidad rota que se va filtrando en cada charla nocturna.
  • La duración se justifica por la mirada, no por la trama: cada minuto extra está al servicio de observar lo que otros filmes directamente cortan.

La recompensa de aceptar las condiciones del filme

A quien espere aceleración, esta película lo va a incomodar, y conviene avisarlo de entrada, porque no es un thriller de los que te mantienen al borde del asiento sino de los que te dejan pensando días después, dando vueltas en la cabeza con la sensación de haber caminado varias horas bajo un frío que no estaba en el termómetro sino en el ánimo de los personajes, y eso es justamente lo que vuelve valioso el convite.

La angustia que construye Ceylan no es la del sobresalto sino la del agotamiento existencial, esa que aparece cuando uno convive a diario con el crimen y la muerte y va perdiendo, sin darse cuenta, la capacidad de mirarse a los ojos con los compañeros de turno, y entonces la pregunta que me dejó la película, y que les dejo a ustedes, es la misma que aparece al final del material: si uno prefiere el thriller que te mantiene pegado al asiento o el que te deja rumiando una semana entera, y honestamente, después de verla, yo me quedo con el segundo, aunque a veces el cuerpo pida lo primero, porque hay noches en que solo el cine lento nos devuelve algo que el vértigo cotidiano nos viene quitando de a poco, y a mí, esta vez, me lo devolvió.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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