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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Risas con filosofía: cuatro estaciones que enseñan a pensar el bien y el mal

La serie creada por Michael Schur convirtió un barrio del más allá en una excusa para preguntarse cómo vivir. Un repaso por sus personajes, sus dilemas y por qué la comedia puede tomarse en serio.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 24 d
Risas con filosofía: cuatro estaciones que enseñan a pensar el bien y el mal

Dicen por ahí que no hay mejor escuela que la de la vida, y aunque uno se pasa los años esquivándola, tarde o temprano la maestra aparece. A mí me llegó disfrazada de vecinos perfectos, de claxos que suenan con mariposas y de un filósofo senegalés que no sabe ni freír un huevo. Así se presenta The Good Place, una comedia que parece boba y termina dejándolo a uno pensando en serio, mientras se le escapa la risa por la nariz.

La historia arranca con Eleanor Shellstrop, una mujer que muere y aparece en un lugar reservado para las buenas personas. El detalle, y acá viene lo jugoso, es que ella sabe que no se lo merece. Su vida estuvo cruzada por el egoísmo, las avivadas y una cuantas cuentas sin pagar, no solo las bancarias sino las que se pagan con los demás. Esa conciencia, esa molestia de saberse fuera de lugar, es la mecha que enciende todo.

Un elenco que sostiene la paradoja

Michael Schur, el creador, armó una troupe donde cada uno parece sacado de una carpeta opuesta. Ted Danson está impecable como Michael, el arquitecto de ese vecindario idílico, con una sonrisa que siempre parece guardar un secreto. William Jackson Harper compone a Chidi, un profesor de filosofía que lleva la culpa a un nivel casi deportivo y no puede decidir ni qué comer sin consultar tres tratados. Jameela Jamil interpreta a Tahani, cuya perfección de revista esconde una necesidad feroz de ser vista, y Manny Jacinto se luce como Jason, un tipo noble, torpe y desconcertado, incapaz de seguir un debate y capaz de la mayor ternura. Eleanor, interpretada por Kristen Bell, es el ancla, la que sabe que está trampeando y no puede evitarlo.

  • El utilitarismo, esa idea de que lo bueno es lo que le sirve a la mayoría, aparece cuando los personajes deben elegir a quién salvar.
  • El consecuencialismo, que juzga los actos por sus resultados y no por sus intenciones, se discute mientras Eleanor evalúa si mentir está bien si el otro queda contento.
  • La ética deontológica, que obliga más allá de las consecuencias, se cuela cuando Chidi recuerda a Kant y sus imperativos categóricos.
  • Los dilemas morales conviven con tortugas vacías, fiestas eternas y un sistema de puntos que nadie termina de entender.

El paso del tiempo y los vínculos

A lo largo de las cuatro temporadas y los 53 episodios, la serie no se limita a la pregunta clásica de qué es ser bueno. Se mete también con el tiempo que se va, con las despedidas y con lo que uno aprende de quienes caminan al lado. Hay un arco que habla de la pérdida, de los vínculos que se transforman y de la posibilidad, esa palabra tan discutida, de cambiar la propia manera de ser. Eleanor, Chidi, Tahani y Jason dejan de ser un grupo de dibujito para convertirse en personas que el espectador mira con cariño y con ganas de abrazar.

Yo terminé la serie con la sensación de que pocas veces la comedia se había animado a tanto. Reírse y pensar, normalmente, van por caminos separados. Acá se cruzan en cada capítulo, y lo hacen sin solemnidad, con esos diálogos que empiezan en un chiste y terminan en una pregunta que da vueltas en la cabeza mucho después de apagar la pantalla. Si tuviera que elegir un dilema para seguir charlando, me quedo con el que atraviesa toda la ficción: ¿se puede ser mejor persona aunque uno haya sido, durante mucho tiempo, todo lo contrario? Ahí sigue el debate abierto, y la serie, con su humor y sus contradicciones, lo sostiene hasta el final.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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