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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Hot Wheels Infinite Rush: cuando el autito de la infancia se suelta por un mundo abierto

Milestone lanzó una entrega que reemplaza las pistas cerradas por cuatro islas gigantes, más de 150 modelos para coleccionar y un entorno que se rompe al pasar. Un arcade de velocidad sin campañas ni grandes pretensiones, pensado para quienes quieren acelerar sin pensar demasiado.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 38 d
Hot Wheels Infinite Rush: cuando el autito de la infancia se suelta por un mundo abierto

Dice el dicho que uno no vuelve a ser chico hasta que se cruza con un autito de juguete, y por estas horas el refrán encuentra su confirmación digital: la gente de Milestone acaba de poner en la calle Hot Wheels Infinite Rush, una propuesta que toma a los clásicos cochecitos a escala y los manda a recorrer, sin pedir permiso, un mundo abierto dividido en cuatro islas enormes. La idea es tan simple como: nada de circuitos cerrados milimetrados, nada de vueltas y vueltas a la misma pista, sino libertad para meter acelerador a fondo y ver hasta dónde llega uno, siempre y cuando tenga el turbo bien cargado y las curvas a favor.

Antes de meternos en lo que se ve en pantalla, vale aclarar qué tipo de experiencia estamos por calzarnos: este no es un juego con historia que contar, ni una campaña con villano ni un personaje principal al que echarle cara. La propuesta es, en esencia, salir a rodar. Y eso, hay que decirlo, tiene sus bemoles: las primeras horas se disfrutan con una sonrisa enorme, porque el mapa es generoso y la sensación de manejar un autito que rompe todo lo que tiene delante resulta de lo más entretenida. Con el correr de las partidas, en cambio, puede empezar a notarse la falta de un hilo que ate la aventura, algo así como manejar sin destino fijo un domingo a la tarde.

Cuatro islas para acelerar sin que nada frene

El mapa se reparte en cuatro regiones bien diferenciadas que le dan variedad al asunto y que, por momentos, parecen una maqueta enorme a la que uno le puede meter el dedo y desordenar todo. Wheelswood es la zona urbana, con rascacielos, calles anchas y tránsito civil al que hay que esquivar como si fuera un domingo en el centro porteño. Tentacle Bay lleva al jugador a una costa con ecosistemas variados y un humor playero bien marcado. Gearville mezcla industria pesada con dunas de desierto, una combinación rara que funciona para los que gustan del contraste entre el metal y la arena. Por último, Drifty Temples se inspira en la arquitectura oriental y regala pasos de montaña que parecen hechos a la medida para entrar a contramano y derrapar hasta que el turbo se acabe.

  • Wheelswood: ciudad con rascacielos y tránsito, ideal para probar reflejos entre calles anchas y esquinas ciegas.
  • Tentacle Bay: costa con ecosistemas variados y espíritu playero, donde la brisa parece meterse en la cabina.
  • Gearville: zona industrial cruzada con dunas, una rareza visual que le da contraste a la recorrida.
  • Drifty Temples: paisaje de inspiración oriental con pasos de montaña pensados para el derrape largo.

Elegí tu categoria y metele para adelante

La conducción se ordena en cuatro categorías con comportamientos bien diferenciados, y lo mejor es que se puede pasar de una a otra sin frenar la marcha, algo que en la práctica salva más de una situación complicada. Los bólidos son los reyes de la velocidad punta y recargan turbo mientras uno los mantiene acelerados a fondo, de modo que vienen como anillo al dedo para las rectas largas en las que el asfalto parece desaparecer debajo del capó. Los derrapadores acumulan nitro justamente cuando uno toma las curvas cerradas de costado, exigiéndole al jugador ese pulso fino de quien sabe poner el auto de costado en la horquilla justa. Los equilibrados generan energía con casi cualquier maniobra, así que son una buena elección para los que todavía están aprendiendo a leer el terreno. Y los todoterreno, llamados Titanes, están pensados para el suelo irregular y recargan turbo de manera automática, lo que los convierte en los compañeros ideales para las zonas con rampas, tierra suelta y demás obstáculos que harían volar por el aire a cualquier otro vehículo del garage.

Más de 150 modelos, multijugador y un editor para no aburrirse

Para los coleccionistas de alma, el catálogo supera los 150 vehículos, con prototipos propios de la marca y licencias de fabricantes reales, fichas históricas de cada modelo y un editor de pintura, rines e interiores que permite customizar cada unidad hasta volverla irreconocible. A eso se le suman los modos multijugador, que van desde competencias con ranking para los que gustan de medirse hasta partidas cooperativas o directamente casuales para compartir pantalla con amigos, y un editor de pistas personalizadas que multiplica las chances de volver a entrar al mapa una y otra vez. La vida útil del título, entonces, no se agota en las primeras tardes.

60 cuadros por segundo y algunas asperezas que no empañan la fiesta

En el plano técnico, el juego mantiene 60 fotogramas por segundo de forma estable, que en un arcade de velocidad es casi una obligación moral, y eso se nota apenas uno se sienta a jugar: la respuesta es inmediata, los derrapes obedecen y la sensación de velocidad es de las mejores que dio el género en los últimos tiempos. Ahora, tampoco hay que hacerle el quite a las asperezas: hay texturas del entorno que cargan con cierto retraso y los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de completar un evento rondan el minuto, una pequeña piedra en el zapato que corta el ritmo cuando uno viene embalado. El sonido, en cambio, es un punto alto: el impacto metálico cuando uno se lleva puesto un guardarraíl suena tan limpio y tan redondo que da gusto repetirlo, y el rugido de los motores tiene ese punto justo entre arcade y vehemencia que pide la marca.

He leído críticas variadas y escuchado opiniones de todo tipo sobre este Infinite Rush, pero después de dedicarle varias tardes me quedo con una sensación que va más allá de los números y los rankings: es un juego que entiende algo que muchas producciones más ambiciosas parecen haber olvidado, y es que no hace falta una campaña épica ni un guion cinematográfico para que alguien se siente frente a la pantalla y se divierta como cuando era chico. La fórmula acá es llana: un mapa enorme, cochecitos entrañables, la libertad de ir a cualquier parte y un entorno que se desarma al pasar como una maqueta gigante a la que uno le puede meter el dedo. ¿Le falta algo? Probablemente sí, una historia que le dé contexto a tanta libertad, algún objetivo a largo plazo más allá de completar eventos. Pero también es cierto que, en un mercado donde todo quiere parecerse a un simulador, esta entrega se anima a ser lo que siempre fueron los autitos de la infancia: una invitación a acelerar, chocar contra todo y volver a empezar.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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