La pelea de los Swifties del barrio: cuando la fama topa con la tranquera ajena
En un pueblo tranquilo a orillas del lago Erie, los vecinos de Taylor Swift y Travis Kelce les marcan la cancha a los proyectos de la pareja más famosa del deporte y la música de Estados Unidos.
Dime quién vive al lado y te diré cómo te trata el barrio, dice un refrán que en las barriadas chicas funciona al revés: contame qué reforma estás planeando y te diré cuántos vecinos te van a salir al cruce. Eso es justo lo que les está pasando a Taylor Swift y Travis Kelce en Bratenahl, un pueblo chiquito del estado de Ohio donde compraron una mansión frente al lago y pensaban que las cosas iban a ser más fáciles de lo que terminaron siendo.
Lo que tenía que ser una mudanza con obra de embellecimiento se transformó en una pulseada vecinal que ya lleva varias reuniones y promete seguir dando tela para cortar, porque hay vecinos que no están dispuestos a bancar árboles nuevos ni vallas nuevas sin pelearla en la junta de planificación municipal, que es el lugar donde en estos pueblos del interior de Estados Unidos se debaten cosas que en Buenos Aires resolveríamos en un grupo de WhatsApp pero allá necesitan acta, abogado y bastante café.
El fondo del asunto
Hay que entender primero qué quiere hacer la pareja antes de discutir si tiene razón el barrio o si la tienen ellos. El plan original contemplaba una valla de 2,4 metros de alto rodeando la propiedad y un proyecto de forestación en el frente, con árboles de hoja perenne para garantizar privacidad y, según dicen, también seguridad. La Junta de Revisión Arquitectónica de Bratenahl ya aprobó en septiembre una versión reducida de la valla, que finalmente quedó en 1,8 metros, y en la última reunión le dio luz verde al paisajismo frontal, con lo cual la obra sigue su curso, aunque no sin ruido.
Lo que dicen los vecinos
- Una vecina que vive al lado desde hace más de treinta años asegura que plantar árboles de hoja perenne cerca de una tubería de desagüe compartida puede provocar desbordes del alcantarillado y pidió, con muy buen tino, que se hagan cargo del arreglo, que en su caso ya le cotizaron en 75.000 dólares.
- Otro residente objected la tala de los arbustos que están hoy en el terreno y se preocupó por los ciervos que suelen caminar por la zona, a los que una valla podría lastimar o cambiarles el paso.
- La queja común es que la pareja, por más famosa que sea, no puede meter mano en infraestructura que es de todos sin avisar y, sobre todo, sin hacerse cargo de lo que rompa.
Del otro lado, Jacob Kutz, de la empresa Tiny Construction y responsable del proyecto, defendió la postura de los nuevos propietarios en la reunión de vecinos y explicó que la búsqueda es de privacidad y seguridad, algo entendible en dos personas que viven perseguidas por cámaras y teléfonos, y agregó un dato que vale la pena ponderar: hicieron limpieza a presión de la tubería de alcantarillado por las suyas, sin pedir colaboración, para mostrar buena vecindad. El gesto es loable, pero en los pueblos chicos los gestos no siempre alcanzan cuando lo que está en juego es la infraestructura compartida.
Y acá, querido lector, es donde me permito opinar con la marca entera: los dos tienen razón en algo y los dos exageran en otra cosa, como suele pasar en las discusiones de barrio, que son las más viejas del mundo. Swift y Kelce tienen todo el derecho de querer privacidad y seguridad en su casa, nadie discute eso, porque la exposición pública no es joda y una tranquera bien puesta no le hace mal a nadie. Pero los vecinos también tienen razón cuando dicen ojo con los árboles sobre el caño, porque eso es plata del bolsillo de una jubilada que ya lleva tres décadas viviendo ahí, y los 75.000 dólares que le cotizaron no salen de un capítulo de serie, salen del ahorro de toda una vida. La convivencia es la negociación de ceder un poquito cada uno para que la vereda siga en paz, y eso vale tanto en Bratenahl como en Belgrano un domingo a la mañana.
Mientras tanto, en la próxima sesión la junta tiene previsto recibir un tercer plan para seguir adelante con las reformas, con lo cual la novela todavía no terminó y la próxima entrega promete. La mansión de Ohio se suma a una lista de propiedades que la pareja tiene en Kansas, Nueva York, Tennessee, Rhode Island y California, y hasta se tomó el recaudo de instalar un sistema de alerta que avisa cuando alguien se acerca demasiado al perímetro, una precaución que describe a la perfección el costo de ser famoso en este siglo: tener que blindar hasta la tranquera para poder comer un asado tranquilo.
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