Jeanne Tripplehorn, la actriz que aprendió a brillar sin hacer ruido: cuatro décadas de un oficio paciente
De la sombra luminosa de Instinto básico a la solidez de la televisión contemporánea, un recorrido por la carrera de una intérprete que eligió construir en silencio.
Dicen que en el campo riojano no se ata el lazo si la cabra todavía no levantó la oreja, y algo parecido ocurre con las actrices que llegan al cine desde el primer fotograma: muchas veces uno no sabe si van a durar o si van a quedar pegadas al guion que les tocó en suerte. Jeanne Tripplehorn debutó en 1992 en Instinto básico, la película de Paul Verhoeven que terminó convertida en un fenómeno de taquilla y de polémica, y desde entonces lleva más de treinta años demostrando que se puede tener una carrera sólida sin necesidad de ser la protagonista de cada cartel que aparece en las marquesinas.
Conviene explicarlo antes de quedarse con la postal. Instinto básico no fue para ella un papel vistoso: encarnó a Beth Garner, la psicóloga que orbita alrededor del detective Nick Curran, el personaje de Michael Douglas, y quedó claramente en segundo plano frente a Sharon Stone, cuya interpretación de Catherine Tramell acaparó la conversación pública durante meses. Pero esa presencia contenida bastó para que su nombre empezara a circular en los despachos de los estudios de Hollywood, porque el oficio, cuando es genuino, se nota aunque la cámara no lo esté subrayando todo el tiempo.
De la novela de Grisham a los thrillers de reparto
Apenas un año después del debut, Tripplehorn se midió con Tom Cruise en La tapadera, una adaptación de la novela de John Grisham que Sydney Pollack dirigió con pulso firme y que confirmó su lugar en las producciones de primer nivel. Lo que vino después fue una segunda mitad de los noventa con títulos de género y comedias que la mantuvieron en cartel, aunque cada vez con roles más secundarios: Very Bad Things, Dos vidas en un instante y Mickey Ojos Azules formaron parte de una seguidilla donde aprendió algo que no siempre se enseña en las escuelas de actuación, que es habitar un personaje sin pelearse con el protagonismo del compañero de escena.
En esa época se la podía ver haciendo de esposa desdibujada, de hermana incómoda o de funcionaria que pasaba inadvertida, y sin embargo uno la reconocía igual. Era, si se me permite la expresión, la actriz a la que uno le creía todo sin necesidad de grandes aspavientos.
La televisión como territorio propio
El punto de inflexión llegó con Big Love, la serie de HBO sobre una familia poligámica en la que Bill Paxton interpretaba al patriarca y Tripplehorn se hizo cargo de uno de los papeles más valorados por la crítica de toda su carrera. Después llegó Mentes criminales, donde participó entre 2012 y 2014, sumando 48 episodios que la expusieron a una audiencia masiva y le devolvieron un protagonismo que el cine le venía racionando.
Después de un paréntesis sin estrenos en 2015 y 2016, volvió al cine con Gloria Bell, el drama de Sebastián Lelio en el que compartió escenas con Julianne Moore, John Turturro y Michael Cera, y que volvió a poner su nombre en las carteleras después de varios años de silencio cinematográfico.
- Instinto básico (1992): el debut junto a Sharon Stone y Michael Douglas que la puso en el mapa.
- La tapadera (1993): la consolidación junto a Tom Cruise en una adaptación de John Grisham.
- Big Love (HBO): el papel más celebrado por la crítica, dentro de una serie sobre poligamia.
- Mentes criminales: 48 episodios entre 2012 y 2014 y exposición masiva.
- Verdades ocultas: la serie con Ethan Hawke cuya segunda temporada se estrena en octubre de 2025.
En los años más recientes su trabajo se concentra en producciones para plataformas internacionales. Formó parte del elenco de La edad dorada y de La lista final, y actualmente se la puede ver en Verdades ocultas, la serie que comparte con Ethan Hawke en el rol principal y cuya segunda temporada llega en octubre de 2025. En declaraciones vinculadas a esa producción, la actriz reconoció haber aceptado proyectos con los que no se sentía plenamente satisfecha, y señaló que Verdades ocultas representaba una excepción dentro de su recorrido reciente. Esa confesión, hecha sin levantar la voz, dice bastante de una actriz que aprendió a leer sus propios guiones antes de firmar el contrato.
Voy a ser honesta: sigo a Jeanne Tripplehorn desde aquel 1992 en que la vi asomarse detrás de Sharon Stone sin pedir permiso a nadie, y la sensación que me queda, después de repasar su filmografía, es la de estar frente a una actriz que entendió muy pronto que no hace falta ganar cada partida para terminar la noche con los bolsillos llenos. Cuando uno la mira trabajar en pantalla entiende que su mejor herramienta fue siempre la paciencia, esa virtud que en la pampa se aprende mirando cómo crece el cardo antes de que llegue la lluvia. Si algo me queda pendiente es verla en un papel que le permita desplegar todo ese oficio acumulado en cuatro décadas, y por ahora Verdades ocultas parece ser el escenario indicado para comprobar si todavía le queda resto.
