Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo y se lo quedó el mar

Reconstruyó un balandro podrido en un potrero de Massachusetts, completó la primera circunnavegación solitaria de la historia y desapareció once años después sin dejar rastro. Una semblanza del navegante que escribió su propia leyenda con un reloj sin cristal.

Por Delfina ColqueComunidades y territorio · · hace 41 d
Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo solo y se lo quedó el mar

Cuando en 1898 el puerto de Newport vio aparecer al Spray por la bocana, lo que volvió no era un hombre famoso todavía: era un capitán de cincuenta y cuatro años que había estado tres años sin hablar con nadie. Joshua Slocum, nacido en Nova Scotia y formado a los golpes en las cocheras del comercio marítimo, acababa de completar la primera vuelta al mundo en solitario de la que se tenga noticia documentada. Lo hizo a bordo de una embarcación de once metros que él mismo había rescatado, tabla por tabla, de un pastizal de Massachusetts donde se pudría desde hacía años.

El Spray había sido un pesquero al que Slocum le devolvió el alma durante trece meses de trabajo solitario, sin más capital que el oficio que cargaba en las manos desde los dieciséis, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar. De allí salió un balandro capaz de cruzar el Atlántico, sortear el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesar el Pacífico y el Índico y regresar al punto de partida el 27 de junio de 1898, después de cubrir más de 46.000 millas náuticas. No usó cronómetro marino en condiciones, no sabía nadar y partió sin un solo tripulante. Tres condimentos que, bien mirados, parecen una locura.

Un reloj de hojalata y tachuelas en la cubierta

El equipamiento de Slocum era tan austero que costaba creerle. Navegó con un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal: lo compensaba con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar que llevaba décadas afinando. Decía que nadar, en medio del océano, solo servía para alargar la agonía, y en el Estrecho de Magallanes resolvió un problema delicado de un modo bien suyo: para disuadir a los fueguinos que subían al barco de noche, esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron sin pedir explicaciones.

Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se recuperó, el Spray seguía navegando con rumbo firme. Eran los modos de un hombre que mezclaba el cálculo náutico con un humor seco, irónico, sin afectado de héroe. En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, primero como serie en revistas y después como libro, y encontró lectores para ese tono: el de alguien que miraba el mundo con asombro sin necesidad de pompas.

La última salida, en noviembre de 1909

  • Slocum zarpó del puerto de Mamaroneck, en el estado de Nueva York, en noviembre de 1909, a los 65 años.
  • Se proponía recorrer el río de la Plata, remontar el Paraná hasta el Chaco y difundir su evangelio de la navegación a vela por el Cono Sur.
  • Nunca llegó a destino: el mar no devolvió al Spray ni a su capitán.
  • Tampoco hubo testigos del final, ni un mensaje de, ni un casco a la deriva identificado con certeza.

La historia que me toca contar termina sin cierre, y eso es lo que más molesta cuando uno se acerca a ella. Slocum había dejado a los lectores del mundo entero con la imagen de un viejo lobo de mar que se había burlado del vapor, de los temporales y del ridículo. Pero el 14 de noviembre de 1909 levó anclas en Mamaroneck con la intención de navegar hacia el sur, recorrer el río de la Plata, remontar el Paraná hasta el Chaco y divulgar, en cada escala, las virtudes de la vela frente al vapor que él despreciaba con elegancia. Nunca llegó. No hubo pedido de auxilio, ni un casco identificado, ni un marinero que pudiera contar la última noche a bordo. El Spray, simplemente, dejó de existir.

Cuando intento explicar quién fue Slocum a los lectores con los que trabajo en las comunidades y los territorios del Litoral, suelo decir que fue un hombre que le sacó un barco al pasado y le dejó una proeza al futuro. No le hizo falta una bandera ni una corona de laurel: le bastó un reloj de hojalata sin cristal, una cubierta con tachuelas y la convicción insólita de que un barco de once metros, bien llevado, podía con el mundo. Once años después de su vuelta triunfal, ese mismo mundo se lo llevó sin testigos, y todavía hoy, cada vez que un navegante solitario sale a la mar, lleva algo de Joshua Slocum en la mochila, aunque no lo sepa.

DC
Delfina ColqueComunidades y territorio

Te puede interesar