Intolerancia a la lactosa en adultos: cuando la leche que siempre toleraste empieza a sentar mal
Una enzima que se va apagando con los años, gases, hinchazón y diarrea: qué pasa en el cuerpo, por qué la genética manda y qué se puede hacer sin resignar nutrientes.
A muchos les pasa algo que los descoloca: tomaron leche toda la vida, comieron quesos, se mandaron un buen helado los domingos, y un día, sin aviso, el cuerpo empezó a protestar. Hinchazón, dolor de panza, gases, alguna diarrea. No es una enfermedad nueva ni un capricho del estómago: es la intolerancia a la lactosa, una condición mucho más común de lo que se cree y que, según los especialistas, aparece sobre todo entre los veinte y los treinta años, aunque puede hacerse notar mucho más tarde.
Qué es la lactasa y por qué deja de alcanzar
La explicación es bastante concreta. El intestino delgado fabrica una enzima llamada lactasa, que se encarga de partir la lactosa —el azúcar natural de la leche— en pedacitos chiquitos para que el cuerpo la pueda absorber. En la infancia esa fábrica trabaja a pleno, pero con el paso de los años puede ir bajando la producción. Cuando la lactasa no alcanza, la lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso, donde las bacterias la fermentan, generan gases, provocan hinchazón y, de paso, atraen agua, lo que explica las heces blandas y la diarrea.
Por qué a unos les pasa y a otros no
La herencia genética tiene bastante que ver. La condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, una diferencia que los investigadores vinculan con la historia de cada región: allá donde la cría de animales lecheros y el consumo de sus derivados se sostuvo durante muchas generaciones, la enzima siguió activa; donde eso no ocurrió, el cuerpo aprendió a arreglarse con menos.
Cómo se reconoce y qué se puede hacer
Los síntomas más habituales —hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea— suelen aparecer pocas horas después de tomar leche o comer helado, aunque cada organismo responde a su manera. Hay personas que se inflan con un solo vaso; otras toleran una porción chica y se complican solo con cantidades más grandes. También pesan los demás alimentos de la comida y trastornos digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable.
- Retirar los lácteos de la alimentación durante un par de semanas y observar si las molestias ceden es, muchas veces, el primer paso que recomienda el profesional.
- Existen pruebas específicas, como el test de hidrógeno espirado, en las que se ingiere una dosis de lactosa y se mide el hidrógeno en el aire exhalado durante unas cuatro horas: un aumento marcado confirma que la lactosa llegó sin digerir al intestino grueso.
- No es lo mismo la intolerancia que la alergia a la leche: la alergia involucra al sistema inmunitario frente a las proteínas lácteas y puede causar urticaria, vómitos, eccema o dificultad para respirar, y suele presentarse en la infancia.
Lo importante, remarcan los especialistas, es no quedarse en el intento propio y consultar a un profesional cuando las molestias se repiten, para ajustar la alimentación sin resignar nutrientes clave como el calcio y la vitamina D, que suelen venir de la mano de los lácteos.
