«El problema final»: un crimen, una isla y un detective que ya no se anima a serlo
La miniserie de Netflix con José Coronado recupera una novela de Arturo Pérez-Reverte y propone un misterio a la antigua, con cuatro capítulos, humor inglés y el eco de Sherlock Holmes en cada plano.
Dicen que el que mucho abarca, poco aprieta, y a veces el diablo sabe por diablo, no por viejo. Algo de eso parece rondar en El problema final, la nueva miniserie de Netflix que adapta una novela de Arturo Pérez-Reverte y se entrega, sin apuro, a la vieja artesanía del relato detectivesco. Son apenas cuatro capítulos, fechados en 1959, con un crimen en una isla incomunicada y un protagonista que carga con un peso curioso: fue, alguna vez, el mejor Sherlock Holmes de la pantalla.
Un actor demasiado famoso para su propio papel
José Coronado se pone en la piel de un actor que alcanzó fama mundial interpretando al detective de Arthur Conan Doyle. Esa condición no es un detalle decorativo: las aperturas de cada episodio lo muestran en pleno Holmes, con pipa, calma quirúrgica y ese aire de quien parece saberlo todo antes de que se lo pregunten. Pero cuando termina la ficción dentro de la ficción y empieza la investigación real —un asesinato extraño en una isla que el clima deja sin comunicación—, el personaje se enfrenta a lo de siempre: los sospechosos mienten, las coartadas crujen y la lógica no alcanza.
La serie, dirigida por Félix Viscarret, se permite además un guiño cariñoso: el apellido del protagonista recuerda al de Basil Rathbone, el actor que quedó asociado para siempre con Holmes en el cine de los años cuarenta. Así, el homenaje no se queda en el personaje de Conan Doyle, sino que abraza también la historia de quienes lo llevaron al celuloide.
La pesquisa como excusa para mirar a la gente
Quien busque una trama de relojería, con sorpresas cada cinco minutos, va a encontrar acá otra cosa: un relato más pausado, interesado en cómo hablan los sospechosos, cómo se miran, qué callan. El guion —firmado por Alberto Macías, Carlos Molinero y Marisol Farré— deja espacio para los diálogos en ese registro levemente acartonado del cine clásico de detectives, con réplicas que suenan a sobreactuación deliberada y, sin embargo, funcionan. Entre tanto traje y tanta pipa, hay lugar para el humor: una sonrisa cada tanto, un comentario fuera de lugar, una pulla que rompe la solemnidad sin romper el misterio.
- Una isla incomunicada en 1959 como escenario único, que concentra el suspenso sin necesidad de persecuciones.
- Cuatro capítulos cerrados, ideales para una noche o un fin de semana.
- El eco permanente de Sherlock Holmes, tanto en el personaje como en los diálogos y la puesta en escena.
- Humor inglés a la antigua, dosificado, que convive con el tono de pesquisa seria.
- Una ambientación que mira al cine clásico de detectives sin copiarlo, sino citándolo con cariño.
Me toca decirlo con franqueza: terminé los cuatro episodios con esa sensación que dejan las series que saben dosificarse. No hay acá fuegos artificiales ni giros para el trailer; hay, en cambio, una historia que confía en que uno se quede mirando cómo se sirve el té en una sala mientras un muerto explica, sin querer, la verdad. Y esa es, me parece, la vieja magia del género: menos detectives y más gente alrededor de una mesa, preguntando quién miente.
La pregunta que queda rondando
Lo que más me interesa de una serie de misterio no es tanto el rompecabezas como las personas que lo arman. Acá, entre el personaje de Coronado y los habitantes de esa isla, hay justo esa combinación: un crimen por descifrar y, sobre todo, un puñado de almas que, mientras el mundo afuera se vuelve a conectar, aprovechan para mostrarse como realmente son. Eso, y no otra cosa, es lo que invita a volver.
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