Rotta el Hutt, el mismo bebé de hace casi veinte años que vuelve a aparecer en la nueva película de Star Wars
El pequeño Hutt que rescata Din Djarin en The Mandalorian and Grogu es el mismo personaje que protagonizó, en 2008, la película animada más criticada de toda la franquicia. Un repaso por una historia que ahora cierra su círculo.
Dicen que en el espacio nadie escucha tus gritos, pero acá en la Tierra llevamos años escuchando una sola pregunta: qué fue de Rotta el Hutt, ese bebé verde y regordón que un tal Ahsoka Tano y un tal Anakin Skywalker tuvieron que rescatar en una película animada de 2008 que casi nadie tiene en buen recuerdo. Bueno, la pregunta tiene respuesta, y es más jugosa de lo que parece, porque el personaje acaba de reaparecer en la pantalla grande con la misma cara de siempre, pero ahora dentro de la nueva película The Mandalorian and Grogu, y lo hace además con la voz del actor Jeremy Allen White. Para los que seguimos a Star Wars desde hace décadas, la movida tiene su sabor, y voy a tratar de explicarla como se merece.
Quién es Rotta y por qué importa más de lo que parece
Antes que nada, vale la pena detenerse en quién es este personaje y por qué, más allá del color de su piel y de la condición de bebé, ocupa un lugar concreto dentro del universo de Star Wars. Rotta es, ni más ni menos, el hijo de Jabba el Hutt, el gánster más grande que dio la saga, ese que terminó siendo tirado a un pozo en El retorno del Jedi. Que la franquicia rescate a un vástago directo del criminal más emblemático de Tatooine no es un dato menor: significa que la línea sucesoria del poder hutt sigue viva en las nuevas historias.
- Rotta es el hijo de Jabba el Hutt, el gánster más recordado de la saga original.
- Su primera aparición fue en la película animada Star Wars: The Clone Wars, en 2008.
- En The Mandalorian and Grogu vuelve a aparecer, pero esta vez como un Hutt ya crecidito, interpretado en voz por Jeremy Allen White.
- La elección lo conecta con la mitología criminal más profunda del universo Star Wars.
Para entender la sorpresa hay que remontarse a aquel 2008. George Lucas, que en esa época todavía era el dueño creativo de todo lo que oliera a galaxia muy, muy lejana, quería probar algo distinto con la saga animada: darle más densidad a las Guerras Clon, ese conflicto que empieza en El ataque de los clones y termina, con la caída de la República, en La venganza de los Sith. La idea era concreta: hacer una película que funcionara como puerta de entrada a la serie Star Wars: The Clone Wars, que llegaría meses después a la pantalla chica. Y el director elegido fue Dave Filoni, que después se convertiría en una pieza clave del sello Lucasfilm y hoy es uno de los nombres más importantes del lado creativo de la franquicia.
El problema fue la historia que eligieron para arrancar. En vez de tirar al espectador directo al frente de batalla de las Guerras Clon, se optó por una misión que, sobre el papel, parece más modesta: Anakin y su nueva padawan, Ahsoka Tano, deben rescatar al pequeño Rotta, que estaba secuestrado por el Conde Dooku para presionar a Jabba y sumarlo a una alianza con el lado oscuro de la guerra. La trama tenía su lógica interna, claro, porque explicaba por qué el padre de Rotta más adelante miraba con buenos ojos al Imperio, pero la forma no terminó de cerrar: la animación tenía un estilo más rígido que el de la saga Skywalker, los personajes secundarios se sentían un poco de relleno y el arco completo, en formato de película de una hora y media, quedaba estirado.
El resultado fue el más flojo de toda la franquicia en los principales sitios de crítica, y no por poquito: la película se llevó un 18 por ciento de aprobación en Rotten Tomatoes y un 6 sobre 10 en IMDb. Por eso, cuando uno revisa la historia en frío, aparece una lectura bastante razonable: el material, tal vez, habría funcionado mejor como los dos primeros capítulos de la serie animada, donde el ritmo de un episodio de veintipocos minutos le jugaba a favor y las expectativas del público eran otras. Como piloto largo, la propuesta quedó corta.
Y acá es donde la nueva The Mandalorian and Grogu entra a la conversación. En la película de acción real que acaba de llegar a Disney+, Din Djarin, el mandaloriano que todos ya conocemos por las tres temporadas de la serie, recibe una misión que suena conocida para los que peinamos canas con esta saga: rescatar a un joven Hutt llamado Rotta. La estructura es calcada a la del filme animado, pero con casi veinte años de diferencia y con otro tono, otro elenco y otra estética. El detalle que más llama la atención, para mí, es el de la voz: la de Rotta en esta versión es de Jeremy Allen White, el actor que se hizo conocido por la serie Shameless y que después ganó varios premios por The Bear.
Lo que hace este cruce es cerrar una especie de círculo que, reconozco, a mí personalmente me cerró con una sonrisa. Un personaje que se había ganado el dudoso título de ser el centro de la película peor valorada de toda la saga termina volviendo, casi dos décadas después, en una producción que es de las más convocantes del momento. No es un regreso triunfal en el sentido clásico, pero sí es un regreso con capas: implica que Lucasfilm y el equipo creativo actual están dispuestos a tirar de los hilos más escondidos del archivo animado para sumarlos al presente de la franquicia.
Y queda flotando una pregunta, que es la que me hago mientras termino de escribir esta nota: si Rotta ya había quedado como un personaje medio olvidado por el público general, y encima asociado a la entrega menos celebrada de la saga, qué sentido tenía revivirlo. Mi lectura, les digo, es que se trata de un guiño para los fans de toda la vida, una manera de decirnos que la historia de Star Wars, incluso la más criticada, sigue siendo parte del mismo rompecabezas. A veces los gestos más raros terminan siendo los más humanos.
