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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el pasado se vuelve refugio: la advertencia del psicólogo Gabriel Rolón sobre la felicidad que siempre queda en otro tiempo

El escritor y psicólogo pasó por una entrevista y dejó una idea incómoda: muchas personas prefieren haber sido felices antes que animarse a serlo ahora. Repaso de sus principales definiciones sobre los recuerdos, la idealización y los proyectos que se postergan.

Por Delfina ColqueComunidades y territorio · · hace 21 d
Cuando el pasado se vuelve refugio: la advertencia del psicólogo Gabriel Rolón sobre la felicidad que siempre queda en otro tiempo

A veces uno se queda charlando con alguien del barrio y termina confesando lo que no le dice ni al espejo. En una sobremesa cualquiera, mientras la pava corta y se hace el segundo mate, aparece la frase que se repite más de lo que uno quisiera: yo era feliz antes, cuando tenía otra vida, otros fierros, otra compañía. La escuché tantas veces que ya ni la discuto, pero la nota que vengo a compartir hoy me hizo pensarla de nuevo, porque un psicólogo famoso, el escritor Gabriel Rolón, dijo algo bastante parecido y lo explicó con una claridad que da un poco de escalofríos. Lo que planteó es simple y a la vez complicado: que solemos poner la felicidad siempre en otro tiempo, ya sea en un pasado que se fue o en un futuro que todavía no llega, y que mientras tanto el presente se nos escurre entre las manos como el agua de un balde roto. Eso es lo que les vengo a contar, con su propia letra y con mis palabras de vecina que toma nota.

El photoshopeo de los recuerdos

Rolón arrancó por donde más duele, que es por la memoria. Explicó que uno no recuerda las cosas tal cual pasaron, sino que les hace una especie de edición, un retoque, un photoshopeo, como se dice ahora, para suavizarlas, embellecerlas, dejarlas más presentables. Y ahí vino el ejemplo que me dejó pensando un rato largo: dijo que pasa con los padres que ya se fueron, a los que uno suele recordar con una nobleza y una sensibilidad que probablemente no tenían en la cotidiana, en los almuerzos de domingo, en las discusiones por nada. También dijo que uno reconstruye la infancia como una etapa más bella de lo que efectivamente fue, con sus miedos, sus tristezas, sus madrugones a la escuela con la panza vacía. Esa operación de edición, reconoció el psicólogo, no es del todo mala, porque ayuda a armar la propia historia, a entender por dónde se caminó, qué esfuerzos se hicieron, qué vínculos se construyeron. Reconocer que hubo momentos felices es válido y necesario, insistió, porque esos recuerdos le dan sentido al recorrido de cada uno.

“Hay personas que desean más haber sido felices que ser felices.”Gabriel Rolón

El problema, advirtió, aparece cuando uno se queda pegado a esa foto retocada, cuando se aferra tanto a la versión idealizada de lo vivido que ya no se anima a construir algo nuevo en el día de hoy. Y entonces soltó una definición que me parece de esas que uno guarda en el bolsillo: hay personas que desean más haber sido felices que ser felices. La frase duele porque describe algo que uno ve seguido en la comunidad, en los conocidos, en uno mismo cuando se lo permite. Personas que se la pasan contando cómo fueron sus mejores años, cómo nada es igual, cómo hoy todo está peor, mientras la vida sigue pasando por la vereda de enfrente y uno se queda sentado en el umbral de la puerta, mirando.

Los proyectos que también pueden trabar

Después Rolón se dio vuelta y miró el otro costado del problema, el de los sueños y los proyectos que se postergan sin fecha. Aclaró que no está mal tener expectativas ni pensar que la felicidad puede aparecer más adelante, al contrario, los sueños siguen siendo una parte importante de cualquier vida. Lo que cuestionó fue otra cosa: la postergación permanente, esa costumbre de decirse a uno mismo que ya va a ser feliz cuando se jubile, cuando se mude, cuando los chicos se reciban, cuando el país cambie, cuando el cuerpo afloje. Mientras tanto, la búsqueda del bienestar queda suspendida en un futuro que nunca termina de llegar. Para graficarlo, el psicólogo tiró una frase que sirve casi de mantra: intentemos algo aquí, ahora, propuso, como forma de recordarnos que la felicidad también puede tener oficina, comedor y hasta la mesa de un bar de barrio un martes a las cinco de la tarde.

Lo que Rolón dejó flotando en el aire, más allá de la teoría, es una invitación bastante concreta a revisar en qué tiempo de los tres, pasado, presente y futuro, uno anda dejando estacionada la vida buena. Porque si la felicidad solo existió antes o solo va a existir después, el presente se queda sin fiesta, y eso me parece un desperdicio enorme, sobre todo en comunidades como las nuestras, donde tantas veces se vive postergando, esperando, aguantando. La nota original terminó con una pregunta que vale la pena dejarse picando adentro, como el último trago de un café compartido: qué lugar encuentran los recuerdos y los proyectos en la manera de cada uno de disfrutar el presente. Yo, por las dudas, mientras lo pienso, voy a empezar por hacer caso a Rolón y a probar algo aquí, ahora, en este mismo rato de la tarde, aunque sea prender otra radio y sentarme a escucharla sin culpa. La comunidad, como siempre, pidió respuestas que ordenen un poco el alma, y esta vez el pedido se lo llevo a quien escribe en los libros de autoayuda que varios guardan en la mesa de luz, para que siga tirando parejo y no se nos baje nadie de la vida antes de tiempo.

DC
Delfina ColqueComunidades y territorio

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