Bleach, lejía y almas: la historia oculta detrás de un título que nadie entendió al principio
Tite Kubo descartó Black y White antes de elegir una palabra inglesa que define el corazón de su obra. Una decisión que los fans todavía debaten más de veinte años después.
Dicen que el nombre no se le pone a las cosas, sino que las cosas llegan con su nombre puesto. Lo cierto es que, en el mundo del manga, pocas veces una decisión tan chica como elegir una palabra terminó dando tanto que hablar. Yo siempre sentí que el título de Bleach era uno de esos acertijos que los lectores vamos desarmando de a poco, y cuando por fin lo entendemos, la serie cambia para siempre en nuestra cabeza. Por eso me parece contar la historia de cómo nació ese nombre raro, que ni nombra al protagonista ni al conflicto principal, y que sin embargo termina encerrando todo el espíritu de la obra.
Black, White y la búsqueda del color justo
A mediados de los años 2000, cuando Tite Kubo empezaba a darle forma a su nueva serie para la revista Weekly Shōnen Jump, sabía que el título iba a importar. En ese mismo momento, dos gigantes ya reinaban en la revista: One Piece, de Eiichirō Oda, que llevaba el nombre del tesoro que persiguen los piratas, y Naruto, de Masashi Kishimoto, que directamente se llamaba como el protagonista. Bleach iba a quedar en esa misma página, y el autor necesitaba un título que no pasara desapercibido, pero que tampoco explicara la trama antes de tiempo.
- Black, por los uniformes negros de los Shinigami: Kubo lo descartó por considerarlo demasiado simple y obvio.
- White, por las chaquetas blancas de los capitanes del Gotei 13 y de los enemigos Arrancar y Quincy: tampoco lo convenció.
- Bleach, la palabra inglesa para lejía, apareció como una síntesis de todo lo anterior: color, limpieza y purificación.
La primera opción que manejó Kubo fue Black. Negro como los kimono que visten los Shinigami, esos agentes espirituales que se encargan de guiar las almas de los difuntos hacia el otro lado. Negro también como la sombra que rodea a los Hollows, las criaturas corrompidas que ellos combaten. Sin embargo, el propio autor reconoció después que la palabra le sonaba demasiado directa, casi sin capas. Un título que describe la vestimenta, sí, pero que no dice nada del corazón de la historia.
“Si pones 'lejía', la gente lo puede asociar con el color blanco. Así es como llegamos a 'Bleach'.”Tite Kubo, entrevista con Anime Insider, 2008
Por qué la lejía tiene sentido en una historia de almas
White, la segunda alternativa, tenía a su favor algo que Black no tenía: la repetición. En el universo de Bleach, el blanco aparece una y otra vez, en las chaquetas de los capitanes del Gotei 13, en los uniformes de los temibles Arrancar y también en los Quincy, el pueblo de cazadores que aparece más adelante y que complica toda la cosmología Shinigami. Era un color que unía a héroes y villanos bajo el mismo signo, y eso le daba al título una ambigüedad que Kubo buscaba. Pero seguía faltando algo, una palabra que no solo describiera un color, sino que contara para qué servía ese color.
Y ahí entró Bleach. La lejía no es un color, es una acción. Es lo que se usa para sacar manchas, para devolverle a una superficie su estado original, para limpiar algo que se ensució. Esa idea de purificar, de limpiar lo que está corrompido, es exactamente lo que hacen los Shinigami con las almas. Los Hollows son almas que se pudrieron, que perdieron su forma humana y se llenaron de rencor. El trabajo del Shinigami es, en el fondo, blanquearlas otra vez, devolverlas a su pureza original. Kubo encontró en una sola palabra inglesa la síntesis perfecta de toda su mitología.
Hay otros detalles que hacen que el título termine de cerrar. Ichigo, el protagonista, tiene el pelo naranja intenso, un color que parece haber sido decolorado, como si le hubieran sacado el negro de raíz. Y Kubo es un autor que trabajó siempre obsesionado con el contraste entre blanco y negro, que en el manga se traduce en esa estética tan característica de escenarios divididos, de sombras pesadas y de prendas blancas que brillan en medio de la oscuridad. Hasta hay una posible conexión con el rock anglosajón, que Kubo siempre reconoció como influencia: el álbum debut de Nirvana, editado en 1989, se llama igual y jugaba con la idea de desinfectar, de limpiar. Nunca lo confirmó oficialmente, pero conocidos suyos saben de su fanatismo por Radiohead y Bad Religion, así que el guiño no suena descabellado.
Como lectora, lo que más me gusta de esta historia es que el título no busca atraparte con una promesa fácil. No te dice qué vas a ver ni quién es el héroe. Te tira una palabra en inglés que significa algo tan mundano como un producto de limpieza y te obliga a descubrir vos mismo por qué esa serie se llama así. Cuando uno termina los primeros arcos y entiende que la lejía es, en realidad, una metáfora sobre devolverles la pureza a las almas, siente que leyó un acertijo que el autor dejó escondido a la vista de todos. Y eso, para mí, es lo que vuelve a Bleach un título tan raro como memorable.
