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Viernes, 23 de octubre de 2026
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A 32 años del horror de Flores, el sobreviviente cuenta su vida entre amenazas y custodia

La madrugada del 17 de febrero de 1994 cambió para siempre la vida de Matías Bagnato, el único que salió con vida de un chalet incendiado en el barrio porteño de Flores. Hoy tiene 48 años, acaba de participar en una miniserie documental producida por Juan José Campanella y vuelve a poner en primer plano un caso que la Justicia nunca terminó de cerrar del todo.

Por Jorge SorianoTurismo · · hace 3 h
A 32 años del horror de Flores, el sobreviviente cuenta su vida entre amenazas y custodia

Les tengo que ser honesto: cada vez que me siento a escribir sobre un caso así se me mezclan la bronca, la tristeza y esa sensación de que el tiempo no alcanza para reparar nada. Pero acá estoy, de nuevo frente al teclado, para contarles una historia que me interpela desde hace años, la de un pibe de 16 que se salvó de morir quemado porque esa noche cerró una puerta, nada más que una puerta, y eso le dio el tiempo justo para escapar por una ventana sin rejas.

La noche del 16 al 17 de febrero de 1994, en el chalet de la calle Baldomero Fernández Moreno al 1900, en Flores, dormían seis personas. Eran José Bagnato, fabricante de calzado, su esposa Alicia Plaza, y cuatro de sus hijos, además de Nicolás Borda, un amigo de 11 años que esa noche se había quedado a dormir por primera vez fuera de su casa. Cuatro de ellos murieron carbonizados: José, Alicia, Fernando, de 14, y Alejandro, de 9. Nicolás fue la quinta víctima.

Una puerta y una ventana como diferencia entre vivir y morir

Lo que salvó a Matías fue una combinación de detalles que en cualquier otra circunstancia habrían sido intrascendentes. La ventana de su pieza, en el piso alto, no tenía rejas. Y esa noche, por las razones que sean, el joven había cerrado la puerta que comunicaba su cuarto con el pasillo donde estaban los demás dormitorios. Esa barrera, una simple hoja de madera, frenó el avance del fuego el tiempo suficiente para que pudiera saltar al vacío y zafar.

Mientras tanto, en la vereda de enfrente, un vecino vio toda la secuencia. Vio a un hombre descender de un auto deportivo, cargar dos bidones, rociar el frente de la casa, intentar volcar parte del líquido hacia adentro por una ventana del piso bajo y luego encender el fuego. Esa declaración, reconstruida después en el expediente, fue clave para identificar al autor y llevarlo a juicio.

El condenado que nunca dejó de amenazar

El hombre de los bidones fue identificado como Fructuoso Álvarez González, esposo de una prima de Alicia Plaza. Le reclamaba a la familia el cobro de una deuda. Lo condenaron a prisión perpetua, pero la pena no apagó su odio. Durante años llamó a Matías por teléfono para repetirle que iba a morir quemado, igual que el resto. En 2011 volvió a quedar detenido por esas intimidaciones. Falleció en 2023, a los 63 años, sin haber cumplido la pena de manera íntegra.

  • José Bagnato, 42 años, fabricante de calzado.
  • Alicia Plaza, 40 años, su esposa.
  • Fernando Bagnato, 14 años.
  • Alejandro Bagnato, 9 años.
  • Nicolás Borda, 11 años, amigo de la familia que dormía allí por primera vez.
  • Matías Bagnato, 16 años, único sobreviviente.

Una vida con custodia y una abuela como ancla

Les cuento algo que a mí, como periodista, me cuesta digerir. Matías Bagnato cumplió 48 años hace poco y, según reconstruyó la producción, creció bajo protección policial permanente. Su abuela Norma, que la noche del crimen estaba de viaje en Mar del Plata, fue su sostén durante décadas. Los dos vivieron con escolta. Piénsenlo un segundo: un pibe que pierde a casi toda su familia en una madrugada y, encima, tiene que crecer mirando de reojo porque el que apretó el botón del incendio sigue libre y con ganas de terminar el trabajo.

Una miniserie documental de tres capítulos, dirigida por Augusto Tejada y producida por Juan José Campanella, reconstruye lo ocurrido con testimonios inéditos. Participa el propio Matías, declara el vecino cuya palabra fue determinante y hablan personas que lo acompañaron en su proceso. La familia de Nicolás Borda, la quinta víctima, no aparece en la producción. Una ausencia que, me parece, también forma parte de la historia.

Antes de cerrar, dos cosas que no me puedo callar cuando escribo una nota así. Primero, un consejo que siempre les doy y que viene perfecto para este caso: si están armando un viaje, una salida o cualquier recorrida por la Ciudad de Buenos Aires, lleven siempre cargado el celular y, sobre todo, anoten a mano, en un papelito guardado en la billetera, el número de algún contacto de confianza. Es un apunte mínimo, pero a veces una línea escrita a mano salva un mal momento, del mismo modo que una puerta cerrada a tiempo le dio una segunda oportunidad a Matías.

Y segundo, algo que aprendí en estos años de recorrer la ciudad: la mejor hora del día para fotografiar la fachada de un chalet de Flores como el de esta historia es a primera hora de la mañana, cuando la luz todavía es baja y rasante. Si van temprano, antes de las nueve, van a ver cómo la cara de la casa queda toda iluminada, sin sombras duras, y se aprecia cada detalle de la mampostería, las molduras y los marcos de las ventanas. Es la hora en la que el barrio parece contener la respiración, y eso, créanme, le suma mucho a la foto.

JS

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