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Miércoles, 21 de octubre de 2026
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Una cena que se desordena: la mirada de Wilde sobre un juego de parejas en crisis

La directora toma como punto de partida el filme de Cesc Gay y reconfigura a los personajes para correr el eje de la comedia hacia un drama íntimo y abierto, con un final que prefiere sugerir antes que cerrar.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 2 h
Una cena que se desordena: la mirada de Wilde sobre un juego de parejas en crisis

Dicen que la cocina entra por los ojos, pero a veces entra por la garganta: cuando alguien te invita a comer y vos no sabés bien por qué aceptaste, ya estás comiendo otra cosa. Algo de eso pasa en La invitación, la película dirigida por Olivia Wilde que toma como base Sentimental, el filme que Cesc Gay estrenó hace ya algunos años y que sigue funcionando como una pequeña radiografía de las parejas encerradas en sus propios acuerdos. Wilde no copia ni traduce: lee el material original, se queda con el motor dramático y decide contar la misma historia desde otro costado, más cercano y más incómodo.

El arranque es idéntico en su punto de partida. Una pareja acepta la propuesta de unos vecinos casi desconocidos para compartir una cena. La noche se desarrollará dentro de un departamento porteño por encargo del realizador original y neoyorquino por adopción en esta nueva versión, y las tensiones que la pareja arrastra irán apareciendo como manchas de humedad en una pared mal pintada. Están los mismos mojones narrativos que en Sentimental: el músico que se entera tarde de los planes, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana en el momento menos pensado y la sesión con la psicóloga, que en ambas películas funciona como una especie de confesionario doméstico.

Lo que cambia, lo que decide Wilde

  • La puesta en escena gana movimiento: la cámara recorre el departamento con más libertad y los actores tienen espacio para desplazarse dentro del encuadre, mientras que el filme de Gay tenía un tono más teatral y contenido.
  • El personaje que interpreta la propia Wilde crece en historia: aparece una carrera artística abandonada y gestos cotidianos que van armando un carácter donde antes había solo una silueta funcional.
  • Edward Norton, en el rol del vecino despreocupado, recibe un pasado que justifica esa actitud de aparente liviandad y le da espesor.
  • La revelación de la relación poliamorosa entre Norton y Penélope Cruz genera una reacción distinta en el personaje de Seth Rogen: ya no es rechazo puro, como en el original, sino una mezcla de curiosidad e inseguridad que hace más visible la grieta del matrimonio principal.

Ese corrimiento en la forma de recibir la noticia es lo que sostiene el cambio de tono en el tramo final. La comedia, que hasta ahí venía cargando las escenas con humor y con ciertos golpes de efecto, empieza a ceder paso a un registro más reflexivo. Las risas se espacian y lo que queda es una pregunta incómoda sobre lo que cada miembro de la pareja está dispuesto a tolerar del otro, y sobre todo de sí mismo.

Un final que prefiere la sugerencia

En Sentimental, el cierre se jugaba en una escena de sexo que funcionaba como una reconciliación poco convincente. La invitación opta por otro camino. Rogen retoma el piano que había dejado de lado y Wilde se sienta a tocar junto a él. No hay música extradiegética que subraye lo que pasa: lo que suena es la que sale del propio departamento. La imagen es más discreta, más íntima, y al mismo tiempo deliberadamente abierta. No se trata de un empate técnico ni de un final feliz a la antigua: se trata de un momento que puede ser recomienzo, puede ser tregua o puede ser el último intento antes de soltar la cuerda. Esa ambigüedad, que en un primer vistazo podría leerse como una salida tímida del relato, es en realidad la decisión más fuerte de la película, porque se niega a cerrar lo que la vida sigue dejando entreabierto.

Confieso que salí de la sala sin la necesidad de aplaudir de pie pero con esa sensación rara de llevar algo todavía sin nombre. Me pasó algo similar después de ver Sentimental en su momento, pero al revés: en aquel caso la película me dejó pensando qué había querido decir todo aquello. Con La invitación me pasó distinto, me dejó pensando qué haría yo si la cena siguiera avanzando. Es probable que esa duda, esa incomodidad que no termina de resolverse ni cuando se encienden las luces, sea la mejor manera de medir que la operación de Wilde sale fortalecida con sus propios cambios. No reemplaza al original: lo mira de frente, le toma el pulso y le responde con una voz que antes no estaba ahí.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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