"Stalingrado": cuando el cine alemán revivió el infierno con doce mil extras y un frío que mordía los huesos
La película de Joseph Vilsmaier reconstruyó la batalla más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial con un despliegue pocas veces visto: rodó en Finlandia bajo treinta grados bajo cero, contrató veteranos amputados y levantó una ciudad que ya no existía. Hoy, treinta años después, sigue siendo una referencia ineludible del género bélico europeo.
Dicen los que saben de que ninguna guerra se parece a otra, y que la de Stalingrado se parece menos todavía a todas. Cinco meses, ciento sesenta y dos días de metralla y frío, y casi dos millones de muertos después, la ciudad que lleva el nombre del caudillo soviético se convirtió en una herida que nunca cerró del todo. De eso se trata la película que el director bávaro Joseph Vilsmaier decidió rodar en 1993, casi medio siglo después de que Theodor Plievier publicara la novela en la que se basa: ni más ni menos que de caminar por esa herida con la cámara al hombro, sin anestesia y sin gloria de matinée.
Vilsmaier contó con un presupuesto de veinte millones de marcos alemanes —unos catorce millones de dólares de la época— y con una idea muy clara: el espectador tenía que sentir el agotamiento en los propios huesos. Para eso eligió rodar las secuencias más duras en Finlandia, donde el termómetro llegó a marcar treinta grados bajo cero. No fue una decisión caprichosa: quienes pasaron por aquel invierno del 42 cuentan que el frío mataba más que las balas, y que las manos se pegaban a los fusiles como si estuvieran soldadas. La producción se extendió cinco meses y movilizó a cerca de doce mil extras, una logística militar en sí misma, a los que se sumaron veteranos de guerra con amputaciones para darle al cuadro ese realismo que maquillaje puede fabricar.
Una ciudad que hubo que inventar
Hay un detalle técnico que a mí, cada vez que lo recuerdo, me sigue pareciendo de una elocuencia enorme: ninguna escena se filmó en la Stalingrado real. La destrucción durante la batalla fue tan absoluta que cuando terminó la guerra no quedó prácticamente nada en pie, y lo que se reconstruyó después ya nada tenía que ver con el paisaje que conocieron los soldados. Así que el equipo de Vilsmaier levantó una ciudad de mentira, la vistió de ruinas y la llenó de hombres muertos de frío para devolverle al mundo ese escenario que el tiempo se había encargado de borrar.
La historia que cuenta es la de un grupo de soldados alemanes trasladados al frente oriental, muchachos que llegan sin entender bien qué hacen ahí y que terminan atrapados en una ratonera de la que Berlín había ordenado no salir jamás. Hitler, según quedó registrado en el diario de Joseph Goebbels, consideraba la toma de Stalingrado "una necesidad psicológica urgente" por el valor simbólico que la ciudad tenía para el régimen soviético. La orden fue tajante: rendirse, ni se les ocurra. Y sin embargo, miles de hombres terminaron haciéndolo igual, o directamente dejaron de existir.
La sombra de "Enemigo a las puertas"
En lo que a taquilla se refiere, la película no terminó de explotar como se esperaba en su propio país: apenas diez millones de dólares de recaudación en Alemania, una cifra que dejó cierto sabor amargo en la productora. En España, en cambio, la historia fue otra: el público la acompañó con una calidez que se tradujo en 1,34 millones de euros, algo nada habitual para un filme bélico de habla no inglesa. Con el tiempo, "Stalingrado" fue encontrando su lugar como una de las grandes referencias del cine bélico europeo, aunque su proyección internacional quedó en parte eclipsada por el estreno posterior de "Enemigo a las puertas", la superproducción anglo-francesa de 2001 que contó con Jude Law y que se llevó todos los reflectores.
Rosario Chauque
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