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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Shinrin-yoku: la práctica japonesa que invita a caminar entre árboles para bajar el estrés y que cualquiera puede probar en una plaza

Nacida en el Japón industrial de 1982, esta forma de paseo lento y sin pantallas mostró efectos sobre el cortisol, el corazón y el sistema nervioso. No hace falta un bosque lejano: alcanza con media hora y algo de verde cerca.

Por Delfina ColqueComunidades y territorio · · hace 31 d
Shinrin-yoku: la práctica japonesa que invita a caminar entre árboles para bajar el estrés y que cualquiera puede probar en una plaza

Cuando le pregunto a Marta Cabrera, que cada tarde recorre la plaza de su barrio en Burzaco con su perra Luna, qué la llevó a dejar el teléfono en el bolsillo antes de salir, me dice sin dudar: «Un día me di cuenta de que caminaba mirando la pantalla y no veía ni los jacarandáes que tengo al lado de casa». Esa pequeña decisión, tan simple y tan repetida por miles de personas en todo el mundo, tiene un nombre que nació en Japón hace más de cuatro décadas: shinrin-yoku, o baño de bosque.

La práctica fue propuesta oficialmente en 1982 por las autoridades sanitarias de un Japón que atravesaba una transformación industrial y urbana acelerada, con el estrés laboral crónico convertido en un problema de salud pública. La idea de fondo era devolverle a la población el contacto con los entornos naturales del país, y para eso bastaba con algo muy sencillo: caminar lentamente por un lugar arbolado, sin cronómetro, sin meta deportiva y sin la obligación de registrarlo en ninguna red social.

Qué pasa en el cuerpo cuando se camina entre árboles

Con el correr de los años, distintos equipos de investigación se propusieron medir qué le ocurre al organismo durante esas caminatas silenciosas. Los resultados más consistentes que pude relevar en la literatura científica apuntan a una reducción de indicadores fisiológicos de estrés, sobre todo del cortisol, junto con cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, esa rama que se activa cuando estamos en alerta. También se estudió la posible influencia de los fitoncidas, que son los compuestos volátiles que liberan los árboles, sobre el sistema inmunológico, aunque esa línea todavía no permite sacar conclusiones definitivas.

Una de las hipótesis más mencionadas para explicar por qué ocurre esto tiene que ver con la sobrecarga de atención que caracteriza la vida cotidiana moderna: notificaciones, pantallas, decisiones y estímulos que nos exigen responder todo el tiempo. El entorno forestal, en cambio, no nos pide esa vigilancia permanente. Sin esa presión, la atención pasa de un modo reactivo a uno más tranquilo, y eso podría explicar la sensación de claridad mental que mucha gente describe después de una caminata entre árboles.

  • Caminar a un paso cómodo, sin apuro y sin medir tiempos.
  • Dejar el teléfono en silencio o directamente en el bolsillo.
  • Prestar atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se toca.
  • Elegir un lugar con árboles, aunque sea una plaza de barrio.
  • Apuntar a unos treinta minutos para empezar a notar efectos.

No hace falta un bosque lejano

Vale aclarar que la mayor parte de los estudios comparan el bosque con ambientes urbanos, de modo que todavía no es posible aislar con precisión cuánto del efecto proviene de los árboles en sí y cuánto de otros factores asociados como el silencio relativo, la luz natural, el aire libre o simplemente alejarse unas horas de las obligaciones habituales. Lo que sí parece sostenerse, y lo digo porque me parece lo más honesto que puede decirse desde el periodismo, es una idea más amplia: el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a técnicas o decisiones conscientes, y durante la mayor parte de la historia humana ese ambiente fue natural, mientras que la vida urbana es relativamente reciente.

Vuelvo a Marta antes de cerrar esta nota, porque su experiencia resume mejor que cualquier dato lo que el shinrin-yoku propone: «Ahora conozco los árboles de mi plaza por su nombre, sé cuándo florecen, sé a qué hora canta el benteveo, y cuando vuelvo a casa estoy cansada de otra manera, cansada buena». Lo que la comunidad de quienes ya practican esta caminata lenta viene pidiendo, y lo piden con cada vez más insistencia, es que se reconozca algo tan básico como volver a mirar un árbol sin intermediarios: se lo piden a los Estados que planifican ciudades, a los municipios que diseñan plazas, y también, por qué no, a cada uno de nosotros, que llevamos un mundo entero en el bolsillo y a veces olvidamos el que tenemos a la vuelta de la esquina.

DC
Delfina ColqueComunidades y territorio

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