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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Sangre, polvo y hermanas: «City of Blood» y el Berlín que nos espera

La serie de Disney+ que adapta la novela gráfica de Reinhard Kleist y Tobias O. Meißner mezcla el reencuentro de dos hermanas con una distopía vampírica atravesada por la escasez y el negocio clandestino de la sangre.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 29 d
Sangre, polvo y hermanas: «City of Blood» y el Berlín que nos espera

Dice el refrán que la sangre tira, y vaya si tira: a veces arrastra consigo pactos, negocios turbios y ciudades enteras convertidas en un mercado a cielo abierto. Eso es, justamente, lo que propone «City of Blood», la serie de Disney+ que adapta la novela gráfica de los autores alemanes Reinhard Kleist y Tobias O. Meißner, y que llega para sacudir la idea de que el vampiro ya no tiene nada nuevo que contar. Acá no hay seducción gótica ni castillos en Transilvania: hay polvo, calor insoportable y un Berlín futuro que se desangra por sus propias heridas.

Dos hermanas, dos Berlines distintos

Antes que nada, conviene entender qué se está mirando, porque la serie no apela a la vistosidad fácil: su mayor hallazgo está en la historia de dos hermanas que fueron separadas cuando eran chicas y vuelven a encontrarse de adultas, cada una criada en un mundo completamente distinto. Bea, la mayor, creció al amparo de su madre adoptiva y nunca supo lo que es pasar hambre ni privarse de un techo confortable; Phoebe, en cambio, aprendió a sobrevivir en una ciudad donde el agua y la electricidad son bienes tan codiciados como la sangre misma. Cuando sus caminos se cruzan otra vez, la distancia entre ambas no es solo emocional: es geográfica, social y, sobre todo, política. La serie se detiene en explicar ese contraste antes de lanzarse a cualquier aventura, y por eso los primeros capítulos se sienten pausados, casi costumbristas, como si estuviéramos recorriendo un barrio porteño pero con vampiros en la esquina.

Ese Berlín del futuro, conviene aclararlo desde el arranque, no es ninguna metáfora ingenua. Una pandemia reciente dejó al país con una porción enorme de su población diezmada, y Alemania quedó fragmentada en varios estados independientes que apenas se hablan entre sí. A la crisis sanitaria se le sumó el cambio climático, que descargó sobre la capital alemana un calor extremo y un paisaje de polvo y mugre que lo contamina todo. No es un decorado: la ciudad es casi un personaje más, con sus cúpulas enormes que resguardan a los sectores más acomodados bajo climatización artificial, mientras en los barrios bajos la gente se arregla como puede con lo poco que tiene.

La sangre como moneda y los vampiros como poder

En ese escenario de escasez, la sangre dejó de ser un simple líquido vital para convertirse en una de las mercancías más codiciadas del mercado clandestino. Los vampiros, que necesitan beberla para subsistir y que deben mantenerse lejos del sol para no arder, fueron tejiendo durante años una red criminal que hoy controla buena parte de las actividades ilegales de la ciudad. Pero la serie no se queda en el muestrario de criaturas y colmillos: va un paso más allá y muestra cómo esas organizaciones buscan ahora dar el salto a la política, con la intención de sentarse en las mesas donde se decide el destino de la gente común. Esa pelea por el poder, más que el terror en sí mismo, es lo que termina enganchando al espectador y lo que convierte a la propuesta en algo bastante más inquietante que una simple serie de monstruos.

La narración alterna el recorrido de Bea y Phoebe con otros personajes y conflictos que se van sumando de a poco. Los vínculos familiares, las maniobras de las organizaciones criminales y la supervivencia en los barrios con más carencias van integrando distintas líneas que, en los primeros episodios, se presentan por separado y con un desarrollo deliberadamente lento, como si la serie quisiera que el espectador se acomode en ese mundo antes de empezar a tirar de los hilos. Son ocho episodios en total, y la propuesta termina de cerrar ese rompecabezas recién hacia el final, cuando las tramas se cruzan y queda claro que el reencuentro de las hermanas era apenas la puerta de entrada a algo mucho más grande.

  • Una distopía berlinesa donde la sangre es moneda de cambio y los vampiros manejan el crimen organizado.
  • El reencuentro de dos hermanas criadas en mundos opuestos: una bajo una cúpula con climatización, otra en la escasez más absoluta.
  • Una Alemania fragmentada por una pandemia y golpeada por el cambio climático, con calor extremo y servicios colapsados.
  • Ocho episodios que mezclan conflicto familiar, supervivencia y política criminal en un mismo universo.

He seguido varias series de vampiros a lo largo de los años y reconozco que en algún momento pensé que el género ya estaba agotado, que no había forma de volverlo a sorprender. Pero «City of Blood» me hizo darme cuenta de que todavía quedan historias por contar cuando uno se anima a mirar al monstruo no como un ser sobrenatural, sino como un reflejo bastante literal de las sociedades que lo inventan. Ver a Phoebe moverse por ese Berlín tóxico, ver a Bea descubrir de golpe un mundo que siempre existió a su lado pero del que la mantenían ajena, me dejó esa sensación extraña que solo dejan las series que no necesitan gritar para sacudirte. Salí recomendándola a quien se me cruce, no porque prometa acción a raudales ni sustos memorables, sino porque debajo de los colmillos late una pregunta incómoda: qué estamos dispuestos a hacer cuando los recursos empiezan a faltar. Y esa pregunta, en este 2026 que nos toca vivir, no necesita vampiros para doler.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

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