Poner límites a los pibes es cuidarlos, no autoritarismo: por qué la palabra no sigue siendo una herramienta necesaria en la crianza
Psicólogas infantojuveniles explican que la diferencia no pasa por gritar más fuerte ni por ceder ante cada berrinche, sino por sostener normas claras con afecto. Sin frustración aprendida en casa, argumentan, la vida afuera se vuelve más difícil de atravesar.
En los consultorios de psicología infantojuvenil viene creciendo una preocupación que no es nueva, pero que se reactualiza con cada generación de padres e hijos: la confusión entre dialogar y negociar hasta el final. Ivana Raschkovan, psicóloga y autora del libro Infancias respetadas, lo resume con una frase que se repite en las consultas: conversar no quita autoridad, al contrario. La autoridad, dice, se pierde cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita, y entonces termina moviendo el límite cada vez que el chico arma un berrinche. El mensaje que llega a los pibes en ese caso, señala, es sumamente confuso.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
La distinción parece obvia en el papel y sin embargo se vuelve borrosa en la vida cotidiana. Para Raschkovan, el autoritarismo es un abuso de poder, mientras que la autoridad es otra cosa: es la posibilidad de decir no y sostenerlo sin gritar, sin pegar, sin descalificar. Respetar a un niño o a un adolescente, insiste, no equivale a dejarlo hacer lo que quiera; el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.
Esa diferenciación tiene medio siglo de recorrido académico. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan como mapa: el autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, donde sobra afecto pero faltan límites; y el democrático, que combina normas claras con diálogo y contención. El último es el que más recomiendan como punto de equilibrio, aunque en la práctica costar aplicarlo.
“Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.”Deborah Bellota, psicóloga infantojuvenil
El no como forma de cuidado
Para Raschkovan los límites son una forma de cuidado y por eso los considera indispensables: sin ellos, advierte, los chicos difícilmente aprendan a vivir en sociedad. La vida misma, argumenta, ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, dice, van construyendo la tolerancia a la frustración, una capacidad que no aparece sola sino que se aprende y se practica.
El planteo es directo: si un chico no experimenta el no en un entorno seguro, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando esté solo, en la escuela, en un grupo de pares o más grande. Por eso las especialistas insisten en que el trabajo del adulto no termina cuando dice no. Bellota lo plantea como un proceso: el límite se dice, se sostiene y se acompaña, porque un límite sin explicación ni contención suele vivirse como capricho del adulto.
- El estilo democrático Baumrind combina normas claras con diálogo y es el más recomendado por os actuales.
- Decir no y sostenerlo es enseñar tolerancia a la frustración, una habilidad que se construye desde edades tempranas.
- El autoritarismo implica abuso de poder; la autoridad, en cambio, se ejerce con presencia, respeto y sin violencia.
- El miedo al conflicto lleva a mover el límite frente al berrinche y vuelve confuso el mensaje para el chico.
- La crianza respetuosa no equivale a ausencia de normas, sino a buen trato dentro de un marco previsible.
Lo que ambas psicólogas coinciden en remarcar es que el péndulo cultural fue tan lejos en la idea de no repetir patrones autoritarios que muchas familias terminaron confundiendo cuidado con ausencia total de normas. El desafío, sostienen, no es volver al grito ni al castigo, sino recuperar la función del límite como estructura afectiva: algo que el chico necesita para sentirse seguro, no para sentirse controlado. En crianzas atravesadas por pantallas, horarios flexibles y largas jornadas laborales, esa función se vuelve más difícil de sostener, pero no por eso menos necesaria.
