Obesidad y medicamentos: la mirada clínica de una especialista del Hospital de Clínicas sobre qué esperar del tratamiento
Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo de la UBA, describió cómo trabajan la semaglutida y la tirzepatida, por qué el descenso de peso debe ir acompañado de hábitos y controles profesionales, y qué pasa cuando se suspenden los fármacos.
Yo había escuchado mil veces eso de que la obesidad se arregla comiendo menos y moviéndose un poco más, y la verdad es que arrastraba esa idea sin saber bien de dónde venía. Hasta que me crucé con las explicaciones de Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, y empecé a entender que el cuerpo tiene mecanismos mucho más complejos de los que la cultura del esfuerzo individual suele reconocer. La especialista describió con claridad cómo actúan los medicamentos que hoy se usan para tratar la obesidad, en particular la semaglutida y la tirzepatida, y dejó en evidencia que ninguno de estos tratamientos funciona como una solución aislada ni como un atajo mágico, sino como una herramienta dentro de un proceso clínico que requiere evaluación previa, seguimiento sostenido y un replanteo profundo de los hábitos cotidianos.
Qué hacen estos fármacos en el organismo
Según explicó Quevedo, la semaglutida y la tirzepatida son moléculas que reproducen señales que el propio intestino genera de manera natural y que se comunican con otros órganos clave: el cerebro, el estómago y el páncreas. La primera actúa sobre un único receptor, mientras que la segunda interviene sobre dos vías complementarias, lo que amplía su alcance. Esa diferencia no es menor: ambas terminan modulando el hambre, la saciedad y el control metabólico relacionado con la diabetes, pero lo hacen con mecanismos parcialmente distintos, y por eso la elección de una u otra se decide en el consultorio, según el cuadro de cada paciente y la respuesta que vaya presentando con el correr de las semanas.
En la práctica cotidiana, la especialista contó que es muy común recibir en la consulta relatos de personas que conviven con hambre intensa, que sienten que la comida nunca alcanza o que se levantan a buscar algo para picar a la madrugada. Esas experiencias, aclaró, forman parte de una enfermedad multifactorial y no pueden explicarse apelando a un supuesto déficit de voluntad, una idea que todavía circula con fuerza en las conversaciones de sobremesa y que, según insistió, no tiene respaldo clínico cuando se entiende lo que sucede a nivel hormonal y neurológico.
Cómo es el seguimiento y por qué la dosis se sube de a poco
El recorrido arranca siempre con una evaluación médica completa, en la que se analiza la composición corporal, los antecedentes y los objetivos posibles. Después, el tratamiento avanza con un proceso conocido como titulación, que consiste en aumentar la dosis de manera gradual para que el cuerpo se adapte y se reduzcan los efectos adversos. Pero el ajuste de la medicación es apenas una parte: durante todo el trayecto se observa cómo responde cada persona, si aparecen efectos no deseados y cómo evoluciona la masa muscular, porque perder peso no es cualquier cosa, ya que el objetivo real es reducir grasa y preservar el músculo, y no simplemente mover la aguja de la balanza.
Quevedo también señaló que se presta especial atención al tipo de actividad física que la persona incorpora o ya realiza, porque no es lo mismo hacer caminatas que sumar trabajo de fuerza, y esa diferencia puede cambiar la evolución del cuadro. En ese punto, la médica insistió en que el abordaje integral incluye alimentación, hidratación adecuada, descanso reparador, movimiento y acompañamiento profesional, y advirtió que los hábitos de cada paciente están profundamente atravesados por su entorno familiar y laboral, condiciones que el equipo de salud tiene que considerar al momento de organizar cualquier cambio cotidiano, porque proponer un plan que no se puede sostener en la vida real termina siendo tan inútil como no proponer nada.
Qué ocurre cuando se deja el medicamento
Uno de los puntos más importantes de la charla giró en torno a un fenómeno que suele sorprender a quienes creen que el tratamiento termina cuando se llega a un número aceptable en la balanza: después de adelgazar, el organismo puede activar mecanismos compensatorios que favorecen la recuperación del peso perdido, y en algunos casos lo hacen con una fuerza notable. Frente a ese escenario, los medicamentos también cumplen un rol durante el período de uso indicado por los profesionales, ya que ayudan a sostener el descenso en el tiempo. Ahora bien, al suspenderlos, puede aparecer una recurrencia, sobre todo si no existe esa estrategia integral que contenga alimentación, movimiento y contención profesional, porque el cuerpo no olvida lo que perdió y busca recuperarlo con señales que pocas veces se pueden manejar solo con disciplina.
La advertencia de Quevedo fue clara: pensar estos fármacos como algo que se toma un tiempo y después se abandona es una de las equivocaciones más frecuentes, y por eso el seguimiento clínico se mantiene durante toda la etapa de uso y se planifica con cuidado el momento y la forma en que, eventualmente, el tratamiento pueda suspenderse. La obesidad, insistió, es una enfermedad crónica, y como tal requiere un abordaje prolongado, profesional y humano, en el que la medicación es una aliada importante pero nunca la única protagonista de la historia.
- Los medicamentos reproducen señales intestinales naturales que actúan sobre cerebro, estómago y páncreas.
- La dosis se sube de forma gradual, en un proceso llamado titulación, para adaptar el cuerpo y reducir efectos adversos.
- El objetivo no es solo bajar de peso: se busca reducir grasa y preservar masa muscular.
- El tratamiento incluye alimentación, hidratación, descanso, actividad física y acompañamiento profesional.
- Al suspender la medicación puede reaparecer el peso si no hay una estrategia integral que sostenga los cambios.
