Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Entretenimiento /

La batalla de Chile: tres películas para entender un proceso que todavía habla

El documental de Patricio Guzmán recorre los años que llevaron al golpe contra Salvador Allende y se inscribe en la corriente del Tercer Cine, un movimiento que propuso otra forma de filmar la historia.

Por Rosario ChauqueCultura y tradiciones · · hace 29 d
La batalla de Chile: tres películas para entender un proceso que todavía habla

Dice un proverbio chileno que la memoria es el único territorio que no se pierde mientras alguien la cuide. Y esa sentencia bien podría aplicarse a La batalla de Chile, la obra monumental del documentalista Patricio Guzmán, que vuelve a interpelarnos cada vez que la pantalla se enciende porque no se limita a mostrar un golpe de Estado, sino que se anima a reconstruir, plano por plano, el clima social y político que lo hizo posible, con una paciencia de relojero y una honestidad que hoy, a casi cinco décadas de aquellos acontecimientos, sigueresultando incómoda para más de un sector de la sociedad chilena y, por qué no decirlo, también para la mirada argentina que todavía procesa sus propias dictaduras y sus propias heridas abiertas.

Antes de hablar de su estética o de sus hallazgos cinematográficos, conviene entender qué es lo que esta trilogía se propuso registrar, porque ahí reside buena parte de su potencia: Guzmán no se conformó con narrar el desenlace —el tanque en la calle, el Palacio de La Moneda envuelto en humo, el rostro desencajado de Salvador Allende en su último discurso—, sino que se empeñó en mostrar el proceso, es decir, las asambleas obreras donde se discutía si había que tomar las fábricas o esperar la orden del gobierno, los debates parlamentarios donde la palabra se convertía en trinchera, las cocinas populares donde las mujeres de los barrios popularesorganizaban ollas para alimentar a los niños, y también, y esto es clave, las reuniones de los grupos económicos de derecha que financiaban la campaña del terror en los medios de comunicación y conspiraban en los salones del barrio alto santiaguino para socavar la institucionalidadallendista.

Una trilogía con estructura de rompecabezas

La obra se divide en tres películas que funcionan como piezas de un mismo rompecabezas histórico. La primera, La insurrección de la burguesía, muestra cómo los sectores acomodados fueron construyendo una oposición cada vez más virulenta al gobierno de la Unidad Popular, con paros patronales,lock-out empresariales y una campaña mediática sistemática que buscaba instalar la idea de caos y desabastecimiento. La segunda, El golpe de estado, registra con una crudeza que estremece el día mismo del once de septiembre de 1973, las escenas de violencia en el centro de Santiago, los allanamientos, los primeros detenidos que iban camino a los centros clandestinos de detención que después se conocerían como la Escuela Militar o el Estadio Nacional. La tercera, El poder popular, es quizá la más desgarradora de todas porque documenta lo que hacían los trabajadores mientras el país se caía a pedazos: las juntas de abastecimientos, loscordones industriales, los comandos comunales, una suerte de democracia directa desde abajo que nunca terminó de articularse del todo y que fue aplastada con la misma brutalidad con que se aplastó al Congreso y a los partidos políticos.

  • La insurrección de la burguesía: el avance del bloque opositor y las tácticas de desestabilización contra Allende.
  • El golpe de estado: las jornadas del 11 de septiembre de 1973 y la ruptura institucional.
  • El poder popular: las organizaciones obreras y vecinales como contracara de la ofensiva patronal y militar.

Una cámara que estaba ahí antes de que la historia se escribiera

Lo que vuelve a La batalla de Chile una obra inclasificable es que Guzmán y su equipo —entre los que se contaban el mismísimo Pablo Salas, Chris Marker como apoyo en la producción, y un grupo de jóvenes cineastas chilenos que se jugaron la vida filmando— no llegaron después de los hechos a reconstruirlos con testimonios y archivo, sino que estaban literalmente adentro de los lugares donde la historia se estaba escribiendo, con una cámara de dieciséis milímetros y un micrófono que captaba tanto las intervenciones del diputado democratacristiano en la Cámara como los gritos de la dirigenta sindical que proponía ocupar la fábrica y hacerla producir bajo control de los propios trabajadores, lo que en la jerga de la época se llamaba área social de la propiedad y que constituía el corazón del programa económico allendista.

Esa decisión de filmar el proceso en directo, sin entrevistas a posteriori, sin voz en off que ordene el relato desde una omnisciencia cómoda, es lo que vuelve al documental una herramienta casi única para entender qué pasaba por la cabeza de cada uno de los actores sociales en el momento mismo en que las decisiones se tomaban, y también para percibir el clima de incertidumbre, de esperanza, de miedo y de coraje que se vivía en las calles chilenas durante esos meses decisivos que van desde las elecciones de septiembre de 1970, cuando Allende triunfo por estrecho margen, hasta el golpe de septiembre de 1973, apenas mil días después.

El Tercer Cine como compromiso político con la imagen

Para dimensionar de verdad la apuesta de Guzmán hay que entender el marco teórico y estético en el que se inscribe su trabajo, que no es otro que el Tercer Cine, una corriente cinematográfica que surgió en América Latina a fines de la década de mil novecientos sesenta y que se planteaba como una alternativa tanto alcine comercial de Hollywood como al cine de autor europeo, proponiendo un cine que no se limitara a entretener ni a contemplar el mundo con distancia estética, sino que se comprometiera con la transformación social, que pusiera la cámara al servicio de los pueblos y no del mercado, y que entendiera al realizador como un intelectual orgánico de los sectores populares, en el sentido gramsciano que todavía circula por las facultades de Ciencias Sociales de nuestras universidades.

Filmógrafos como el brasileño Glauber Rocha, el cubano Santiago Álvarez, el argentino Fernando Solanas, el boliviano Jorge Sanjinés y, por supuesto, el propio Guzmán, formaron parte de este movimiento que creía en el cine como un arma de lucha ideológica, como una herramienta de pedagogía política, como un modo de devolverle la palabra a quienes solían ser objeto de la cámara y nunca sujetos de la historia, y en La batalla de Chile esta concepción se nota hasta en los detalles más mínimos, desde la elección de filmar en blanco y negro para subrayar el contraste con el presente, hasta la decisión de privilegiar los planos generales en las asambleas para mostrar la colectiva de los cuerpos, la deliberación conjunta, ese momento único en que una comunidad se pone de acuerdo en cómo seguir adelante.

Confieso que cada vez que vuelvo a ver alguno de los capítulos de La batalla de Chile me pasa algo difícil de traducir en palabras: una mezcla de admiración por el coraje de quienes filmaron sabiendo que el material podía costarles la vida —y de hecho a varios les costó—, de tristeza por el destino de Allende y del pueblo chileno que confió en un proyecto de transformación democrática del capitalismo, y también de un optimismo raro, casi contradictorio, porque ver a esos obreros discutiendo con una dignidad enorme cómo administrar una fábrica que acababan de ocupar, cómo repartir la producción entre los barrios más humildes, cómo organizar la salud y la educación con los recursos que tenían a mano, me hace pensar que la política, cuando se ejerce desde abajo y con honestidad, puede ser una de las actividades más nobles que existen, aunque también de las más trágicas cuando el poder económico y militar se decide a cortarla de raíz.

RC
Rosario ChauqueCultura y tradiciones

Te puede interesar