Digger, de Iñárritu: el teatro como espejo incómodo del dinero que lo financia
Más de una década después de Birdman, el realizador mexicano vuelve a poner a una estrella frente al arte y sus contradicciones, ahora con Tom Cruise como protagonista de una película que se atreve a incomodar.
Dicen que el que mucho abarca poco aprieta, pero Alejandro González Iñárritu, fiel a su estilo, vuelve a meter la lupa en un solo tema y lo hace de forma obsesiva. A más de diez años de Birdman, el director mexicano regresa al mundo del teatro y a la reflexión sobre el arte con Digger, una película que protagoniza Tom Cruise y que, como su antecesora, usa el escenario como excusa para hablar de cosas mucho más grandes que una función estreno.
El regreso a un terreno conocido, pero con otra mirada
Conviene explicar primero de qué va el asunto antes de quedarse en la superficie. Digger recupera el territorio que Iñárritu exploró en Birdman: el teatro como escenario, una estrella de cine enfrentada a sus propias dudas, la mirada detrás de las bambalinas y una reflexión sostenida sobre el mundo del arte. Es decir, la fórmula ya está escrita. La diferencia está en el tono. Donde la película de 2014 podía leerse como una celebración excesiva del acto creativo, esta nueva entrega apunta hacia un lugar más áspero, más incómodo, donde la euforia está casi proscripta.
El argumento gira en torno a un personaje interpretado por Cruise que acepta el respaldo de un magnate millonario para producir su propia obra teatral. El objetivo declarado es rescatar a su hija de una situación que ese mismo entorno de poder contribuyó a provocar. La contradicción está plantada en el centro mismo de la historia y no se resuelve: el arte que denuncia al poder solo puede existir gracias al dinero de ese mismo poder. Es una trampa sin cerradura y la película no finge lo contrario.
Las claves de la película
- Vuelve el teatro como escenario y la estrella de cine como protagonista, un sello ya clásico de Iñárritu después de Birdman.
- La relación entre el dinero y la creación artística es el eje central, sin catarsis fáciles ni finales edulcorados.
- A diferencia de Birdman, prescinde del recurso del falso plano secuencia pero conserva casi todos los demás.
- La actuación de Tom Cruise aparece como la única variable capaz de torcer el destino de la película en la temporada de premios.
- La película se pregunta si el cine puede denunciar al dinero que lo financia sin volverse parte del problema.
Esa tensión entre creación y comercio atraviesa toda la narración de principio a fin. Digger muestra cómo el financiamiento privado condiciona las decisiones artísticas, cómo los productores tientan con la billetera abierta y cómo el público, al aplaudir en una sala la caída simbólica de un magnate, ejerce una catarsis barata que no tiene ningún equivalente en la vida real. Es una idea que incomoda y que, por eso mismo, vale la pena mirar de frente.
En lo formal, la película hereda casi todos los recursos de Birdman, pero les cambia el signo. Si aquella dejaba cierto margen para el optimismo, al menos en la sensación final de que el arte podía más que las máscaras del ego, Digger cierra con pocas concesiones y señala con el dedo las contradicciones estructurales de trabajar dentro de una industria que depende de grandes capitales para existir. Esa apuesta más radical la deja mal parada en el circuito de premios, donde los largometrajes de alcance comercial masivo suelen tener ventaja. La única variable que podría torcer el cálculo es una actuación de Cruise suficientemente convincente como para sostenerse en el centro de la campaña y arrastrar al resto con ella.
Leí críticas y comentarios sobre Digger en los días previos a su estreno y la sensación que me quedó es la de estar frente a una película que se atreve a preguntar lo que otras solo sugieren. Iñárritu no se esconde: sabe que está caminando por una cornisa fina entre la denuncia y la complicidad, y decide caminar igual, con los ojos bien abiertos. Personalmente, me pasa con este tipo de películas que me dejan con ganas de discutir después, de discutir de verdad, en serio, con el café todavía tibio sobre la mesa. Y eso, en un momento en que la cartelera suele ofrecer poca conversación, ya es muchísimo.
