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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Despertar con el sueño en la memoria: por qué a algunos les queda todo y a otros no les queda nada

Una investigación publicada en Communications Psychology siguió durante quince días a 217 adultos sanos y encontró que la capacidad de recordar lo soñado depende de la edad, de la tendencia a dejar vagar la mente y de cómo se durmió esa noche en particular, entre otros factores.

Por Delfina ColqueComunidades y territorio · · hace 36 d
Despertar con el sueño en la memoria: por qué a algunos les queda todo y a otros no les queda nada

En el barrio porteño de Villa Devoto, Lucía Mansilla, de 52 años, cuenta que cada mañana se levanta con la sensación de haber estado en otro lado: “Sueño con mi madre, que murió hace diez años, y me veo caminando con ella por la costa de Mar del Plata; me acuerdo hasta del color del vestido que llevaba”, relata la mujer, que durante años pensó que recordar tantas cosas por las noches era una rareza suya hasta que una tarde, leyendo un artículo en el colectivo de la línea 57, se topó con un dato que le cambió la pregunta de toda la vida: no era tan raro, ni tan raro ni tan raro como creía, y había un motivo.

Un estudio que siguió a 217 personas durante quince días

La explicación a la que se asomó Lucía Mansilla en aquel artículo provenía de una investigación publicada en la revista Communications Psychology, que tomó a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años, los acompañó durante quince noches y les pidió que cada mañana registraran si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo de investigación recabó información demográfica, psicológica y del sueño mediante dispositivos de monitoreo y pruebas específicas, con el objetivo de entender por qué algunas personas despiertan con escenas nítidas de lo que soñaron y otras apenas conservan una sensación difusa o directamente no recuerdan nada.

Lo primero que se desprende del trabajo es que la diferencia entre quienes se levantan con el sueño fresco y quienes dicen que “no soñaron” no es cuestión de suerte, y que depende de rasgos individuales como la edad y la tendencia a la divagación mental, esa inclinación que tiene la mente a encadenar pensamientos de manera espontánea en lugar de quedarse pegada al foco inmediato de lo que se está haciendo. Quienes más divagan en su vida cotidiana y quienes mantienen una actitud más atenta hacia sus propios sueños, según lo que reportó el equipo tras analizar los cuestionarios, tienden a recordar lo soñado con mayor frecuencia y con más detalle, lo que para los autores del estudio sugiere que la memoria onírica no es una condición de la que se disponga o no se disponga, sino una habilidad que se entrena, en parte, con la disposición con la que uno se acuesta y con la que se levanta.

La edad, la vulnerabilidad a la interferencia y el “sueño blanco”

La edad también aparece como un factor relevante en los resultados de la investigación: a medida que pasan los años, cambia la facilidad para retener el contenido onírico al despertar, aunque el trabajo no establece una dirección única, sino que esa relación se modula con otros elementos. Uno de ellos es lo que los autores denominan vulnerabilidad a la interferencia, es decir, la facilidad con la que un recuerdo del sueño es desplazado por estímulos inmediatos en el momento de abrir los ojos, como la luz que entra por la ventana, el ruido del colectivo que pasa por la esquina, el celular que pita sobre la mesa de luz o incluso el primer pensamiento consciente de la jornada; si esos estímulos llegan antes de que el contenido del sueño quede consolidado en la memoria, lo que se soñó se pierde.

El estudio también distinguió con cuidado dos experiencias que suelen mezclarse cuando alguien cuenta que soñó o que no soñó: por un lado, recordar el contenido concreto del sueño, con sus escenas, sus acciones y sus emociones, y por el otro, lo que los especialistas llaman sueño blanco, esa sensación particular de despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni una sola imagen, ni una sola palabra, ni una sola situación. Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos y permitió a los autores confirmar que soñar y recordar lo soñado no son la misma cosa, y que alguien puede haber tenido una noche intensa de sueños sin guardar después ningún rastro consciente de lo que pasó.

Lucía Mansilla leyó todo eso en el colectivo de la 57, bajó en su parada de la avenida San Martín, cruzó la plaza con el diario todavía doblado bajo el brazo y se dijo algo que repite cada mañana, cuando todavía está medio dormida y todavía tiene a su madre del brazo: que por estos días, antes de que suene la alarma y antes de que entre la luz por la persiana, se queda unos segundos con los ojos cerrados, tratando de atrapar las últimas imágenes de lo que soñó, como si supiera que después van a venir los colectivos, los mensajes de WhatsApp y la rutina, y que esa ventana es la única oportunidad de no perder lo que pasó adentro del sueño. Eso, dicen las autoras y los autores del estudio, es exactamente lo que hay que hacer: quedarse quieto, atender, dejar que la mente vague, y entender que la diferencia entre recordar y olvidar no es un misterio del inconsciente, sino una decisión de cada mañana, una decisión de cada mañana.

DC
Delfina ColqueComunidades y territorio

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