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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuesta decir que no: cuando la infancia no dejó poner límites y el cuerpo termina poniéndolos por uno

La dificultad para poner límites, o para tolerar los del otro, no es un rasgo de carácter: se construye temprano y se puede revisar. Ansiedad, insomnio y un cansancio que ningún descanso cura son algunas de las señales que aparecen cuando el 'no' no llegó a tiempo.

Por Delfina ColqueComunidades y territorio · · hace 4 d
Cuesta decir que no: cuando la infancia no dejó poner límites y el cuerpo termina poniéndolos por uno

Yo quiero contarles algo que me viene dando vueltas desde que lo leí, porque siento que a más de uno y de una le va a sonar conocido. Dice la especialista que el límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida, en ese ida y vuelta cotidiano entre el bebé y quien lo cuida: el pecho que no siempre está, el 'no' firme ante el peligro, la espera antes de la satisfacción. Todo eso, vivido en su momento como una frustración, es lo que después nos permite distinguir entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. Y me parece una definición que vale la pena tener a mano: el límite no es lo opuesto del amor, es una de sus formas.

Cuando no se puede decir que no

Hay un primer grupo de personas que aprendió, bien de chicos, que el propio deseo molestaba, o que poner un 'no' de su parte ponía en riesgo el vínculo. Son adultos que aceptan lo que en realidad no quieren, toleran situaciones que les hacen daño y se hacen cargo de cosas que no les corresponden. Y acá viene lo interesante, porque los costos no son sólo emocionales: aparecen cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando de a poco y un cansancio que ningún descanso logra resolver, porque no es un cansancio del cuerpo sino de la cabeza. Con el paso del tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no supo poner: dolores sin una causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

Cuando no se tolera el 'no' del otro

Después está el otro extremo, que muchas veces se confunde con fortaleza y no lo es. Es el de quien no soporta que le digan que no: cualquier límite ajeno se vive como una ofensa o como un desafío personal. Por debajo de esa fachada hay una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Lo que termina pasando, con el tiempo, es que las relaciones se organizan alrededor de la voluntad de esa persona, y eso las va vaciando de a poco.

  • Decir 'no' sin culpa y escuchar un 'no' sin sentirlo como amenaza: ese es el punto medio, que no es sumisión ni imposición.
  • Implica arriesgar un vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente, y por eso tiene un costo real.
  • Pero ese costo suele ser menor que el de seguir acumulando ansiedad, resentimiento y síntomas que no se explican.
  • No es un rasgo inmodificable de carácter: se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse.
  • Un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir 'hasta acá' sin sentir que se traiciona al otro.

La pregunta que queda dando vueltas

Y yo me quedo pensando en algo que la nota deja como interrogante, y que cada uno se lleva a su propia mesa: en qué situaciones te cuesta más poner un límite, con desconocidos o con quienes más querés. Porque, si lo pensamos un segundo, casi todos sabemos decir que no en la calle o en el trabajo sin mayor drama. Lo que de verdad nos cuesta es ponerlo en casa, con la madre, con el padre, con los hijos, con la pareja, con ese amigo de toda la vida que siempre pide un favor más. Ahí es donde el límite se vuelve territorio y donde, justamente, se vuelve más necesario trabajarlo.

DC
Delfina ColqueComunidades y territorio

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