Cuando el agua alcanza y cuando no: la hidratación que pide cada momento del cuerpo
Una nota para entender por qué la sed, los alimentos y la rutina suelen ser suficientes, pero la diarrea, el ejercicio largo o el calor extremo cambian las reglas del juego.
Les quiero contar algo que me quedó dando vueltas después de cruzar varios teléfonos esta semana, mientras charlaba con vecinas y vecinos de las comunidades del norte argentino que me ayudaron a ordenar una preocupación muy concreta: cómo nos hidratamos bien cuando el cuerpo parece pedirnos algo distinto a un vaso de agua, y por qué no siempre la respuesta pasa por la botella que tenemos en la heladera. Lo que sigue es, básicamente, lo que aprendí en el camino, contrastado con lo que dicen los organismos de salud.
La vida de todos los días: agua, comida y atención a la sed
En la mayoría de los hogares, incluida la rutina de las familias con las que yo trabajo en el territorio, las necesidades cotidianas de hidratación y de minerales se cubren con lo que ya tenemos a mano: el agua que tomamos durante el día, las comidas regulares y la propia sensación de sed, que es un mecanismo fino y bastante confiable cuando no hay pérdidas extraordinarias. Las frutas, las verduras y las legumbres aportan potasio; los lácteos, las semillas, los frutos secos y algunos vegetales suman calcio y magnesio; y el sodio y el cloruro llegan, sobre todo, a través de la sal y de los alimentos que preparamos en la cocina. Estos minerales son los famosos electrolitos, y su trabajo silencioso es enorme: distribuyen el agua en el cuerpo y hacen que los nervios y los músculos funcionen como tienen que funcionar. Por eso, mientras no haya pérdidas importantes de líquidos, no hay beneficios demostrados en sumar suplementos de rutina; la moda de las llamadas aguas vitaminadas o con electrolitos para tomar a cualquier hora no resuelve, en general, ningún déficit que la alimentación normal no esté resolviendo ya.
Cuando aparece la diarrea: sales de rehidratación, no bebida deportiva
“Una bebida deportiva no equivale a una solución de rehidratación oral; la OMS y Unicef recomiendan sales con proporciones definidas de glucosa y electrolitos para prevenir o tratar la deshidratación vinculada con ese cuadro, y su función es distinta de la que cumplen las bebidas destinadas a acompañar el esfuerzo físico.”Criterio de la Organización Mundial de la Salud y Unicef
Ahora bien, cuando aparece una diarrea, sobre todo en chicos o en personas mayores, la lógica cambia por completo, y acá es donde aparece la confusión más peligrosa que yo veo a diario en las comunidades con las que hablo: no es lo mismo reponer lo que se pierde por hacer ejercicio que reponer lo que se pierde por un cuadro gastrointestinal. La diarrea arrastra agua, pero también sales, y la clave está en cómo se absorbe esa agua en el intestino, que es justamente donde entra la glucosa como vehículo, porque ayuda al intestino a absorber sodio y agua al mismo tiempo. Por eso las soluciones de rehidratación oral vienen con una fórmula precisa, con cloruro, potasio y citrato, y por eso los organismos internacionales insisten en esa fórmula y no en cualquier bebida azucarada o isotónica. Si una persona presenta confusión, desmayos, vómitos que no paran, imposibilidad de beber o signos de deshidratación grave, la conversación cambia de escala: hace falta atención médica inmediata, y elegir una bebida por cuenta propia no reemplaza esa evaluación bajo ningún punto de vista.
El esfuerzo físico largo: cuándo sí, cuándo no
El otro gran escenario donde la hidratación se pone en discusión es el del movimiento del cuerpo, y acá también hay que mirarlo con cuidado, porque la respuesta no es universal. El Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte señala que las bebidas con carbohidratos y electrolitos pueden ofrecer ventajas durante esfuerzos prolongados, pero para ejercicios de menos de una hora la evidencia de diferencias fisiológicas o de rendimiento frente al agua es bastante escasa, por decirlo suavemente. Cuando el esfuerzo supera la hora, sobre todo si hace calor o hay humedad, las necesidades de reposición pueden aumentar, y no existe una cantidad idéntica para todos, porque la sudoración y las pérdidas de sales varían muchísimo de persona a persona. Beber más de lo necesario tampoco es gratis: puede modificar el sodio en sangre y provocar eso que los médicos llaman hiponatremia, que es justamente lo contrario de lo que uno pensaría que está cuidando. Dicho de otro modo, en salud, más no siempre es mejor; a veces, más es un problema nuevo.
- Para la hidratación cotidiana, alcanzan el agua, las comidas regulares y la propia sensación de sed.
- Frente a una diarrea, las sales de rehidratación oral recomendadas por la OMS y Unicef son la opción indicada, no una bebida deportiva.
- En ejercicios de menos de una hora, el agua suele ser suficiente y no hay evidencia sólida de ventaja con bebidas isotónicas.
- En esfuerzos largos, con calor o humedad, puede ser útil reponer con bebidas que contengan carbohidratos y electrolitos.
- Ante confusión, desmayos, vómitos persistentes o deshidratación grave, la indicación es concurrir a atención médica.
Lo que la comunidad me pidió, y lo que yo me llevo como tarea para seguir trabajando desde este rincón de Comunidades y territorio, es bastante claro: que dejemos de mirar la hidratación como una moda y que empecemos a mirarla como lo que es, una decisión que depende del momento del cuerpo que estemos viviendo, porque no es lo mismo atravesar un verano seco en el chaco salteño que bancar una gastroenteritis en un barrio sin agua segura, ni es lo mismo correr una carrera que caminar hasta la parada del colectivo. La hidratación, como tantas cosas de la salud, se piensa mejor cuando se piensa a la medida de cada contexto, de cada cuerpo y de cada necesidad concreta, y es justamente eso lo que los organismos internacionales, las sociedades de medicina del deporte y las propias familias del territorio me ayudaron a entender mientras escribía esta nota.
