Aquella vez que Miyazaki se subió a un avión rumbo a Gotland y volvió con las manos vacías, pero con un baúl lleno de futuro
A principios de los setenta, el director japonés viajó a Suecia para negociar con Astrid Lindgren una serie animada de Pippi Calzaslargas. La autora le dijo que no. Lo que el creador de Totoro hizo con ese rechazo terminó cambiando buena parte de su obra.
Dicen que cuando uno insiste, el cielo termina abriendo una puerta. Pero también cuentan que hay puertas que se cierran para que aparezca, casi sin aviso, un ventanal enorme. Algo así fue lo que le pasó a Hayao Miyazaki, el creador de Mi vecino Totoro y de El viaje de Chihiro, cuando a principios de los años setenta decidió cruzar medio mundo para tentar a la mismísima Astrid Lindgren con una serie animada de Pippi Calzaslargas. La escritora sueca, dueña de uno de los personajes más revoltosos de la literatura infantil, le dijo que no. Y al parecer lo hizo con argumentos muy concretos, que tenían que ver con viejas heridas y con prejuicios sobre el dibujo animado japonés. Pero como suele ocurrir cuando hay talento de sobra, lo que no pudo ser en Suecia terminó renaciendo, con otra forma y otro nombre, en películas que hoy son clásicos de cabecera para varias generaciones.
Por qué Lindgren le dijo que no
Para entender el rechazo hay que retroceder un poco. En 1949 se había hecho una adaptación cinematográfica de Pippi que había dejado a Lindgren muy disgustada. Esa experiencia funcionó como antecedente directo: cuando Miyazaki llegó con sus carpetas llenas de bocetos y su entusiasmo, la autora ya tenía la guardia alta. Según los relatos que circularon por la época, consideraba que la animación japonesa era demasiado violenta para el universo que ella había imaginado, esa villa feliz donde una nena pelirroja convivía con un caballo y un mono en la vereda de su casa.
Lo concreto es que Lindgren nunca firmó los derechos. Y Miyazaki, después de recorrer los paisajes de Visby, en la isla de Gotland, quedó con un archivo entero que parecía no tener destino. Sin embargo, aquel viaje le había modificado la cabeza. El propio director recordó años después que fue una oportunidad extraordinaria para hacer algo significativo y no solamente televisión. El productor Yasuo Otsuka había juntado a Miyazaki con Isao Takahata en un estudio chico, A-Pro, que buscaba diferenciarse de la producción televisiva dominante de la época. La idea de Pippi era, para ellos, una forma de romper con lo que se hacía masivamente.
Lo que se salvó de aquel viaje
- Los bocetos y la investigación de campo derivaron en el mediometraje Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), dirigido por Takahata y escrito por Miyazaki. La protagonista, Mimiko, es una nena traviesa y pelirroja, varios rasgos calcados del personaje de Lindgren. Al año siguiente llegó la secuela.
- Dieciséis años más tarde, en Nicky, la aprendiz de bruja (1989), quedaron los paisajes suecos que Miyazaki había conocido durante la negociación fallida. La ambientación europea del filme bebe de aquellas caminatas por Gotland.
- El viaje también amplió la mirada del director sobre Europa. Lo que vio en Suecia se reordenó, con el tiempo, en la sensibilidad visual de varias de sus películas posteriores.
Como se ve, no fue una puerta que se cerró. Fue, más bien, un camino que se bifurcó. Lindgren hizo bien en cuidar a su criatura. Miyazaki hizo mejor todavía en transformar la frustración en trabajo nuevo.
Yo confieso que cada vez que cuento esta historia pienso en los editores y en los autores que se cruzaron a tiempo. Lindgren protegió a Pippi con uñas y dientes. Miyazaki volvió a casa sin el contrato, pero con la valija llena de cuadernos. Y de esa valija salieron pandas, brujas y, en buena medida, la manera en que vemos hoy una película de Studio Ghibli. A veces, los rechazos más célebres son los que nos terminan dando las obras que más queremos.
